Ollinia

Biografías, historias, textos y lecturas.

Mi encuentro con Zari.

gerardomorah (ficción)

Con mi tía Águeda  compartía su gusto por las plantas y los libros.  Un vínculo de gratitud me unía a ella, en dos ocasiones que di con mi persona al hospital, al recuperar la conciencia  la encontraba atenta a mi despertar.

Siendo bachiller, solía acudir a su casa para consultar en su biblioteca las enciclopedias para realizar las tareas.

Un día, me pidió cuidar su casa cada tercer día durante las noches por una comisión de trabajo foráneo que se extendió por varios meses.

Su casa era estilo mexicano, con losa inclinada y tejas de barro; los estantes de la biblioteca eran de madera; el jardín se encontraba ubicado en la parte posterior de la casa.

El jardín era rectangular de tres por diez, rodeada por una barda de tabique aparente rematada con un repisón; había dos árboles, uno de guayaba y otro de naranja agria. De plantas había orquídeas, flores de mayo, azucenas, tulipanes, entre las más comunes.

Solía regar las plantas dos veces por semana durante la noche y observaba que las plantas agradecían con aromas y colores más intensos.

Cierto día, mientras regaba en la parte central del jardín, vi aparecer a un pequeño animal que con temor caminaba encima de las macetas y con rapidez se escabullía bajo unas hojas grandes de una de las plantas. Seguí regando como si nada, como si no lo hubiera visto, pero en ese momento cobraron sentido dos hechos que había observado con curiosidad; había un agujero circular menor a la circunferencia de una pelota de béisbol detrás de una maceta y, por otro lado, ese ruido en el techo que solía achacar a un gato del vecino.

En el subsuelo del jardín habitaba una pequeña criatura quien sabe desde que tiempo, quizá desde antes de la construcción de la casa. Era más grande que una rata y más pequeña que un tlacuache, tras una pequeña investigación descubrí que se trataba de una zarigüeya.

Y desde ese momento comencé a tomar nota de sus hábitos, a qué hora salía, por dónde trepaba para pasar al jardín del vecino o para subir al techo de la casa, probé a dejarle dos tortillas, luego una rebanada de pan, posteriormente un mango, seguí con croquetas para perro, croquetas para gato, y al día siguiente no encontraba nada o casi nada, se comía todo.

Y sucedió que se transformó, pasó de esa apariencia inicial lodosa, a tener un pelaje brillante y unos listados amarillo en las mejillas, si es que la vista no me falló en la obscuridad.

La historia dio un vuelco, porque el ruido al comer las croquetas llamó la atención de tres gatos que comenzaron a rondar en el jardín y a molestar a la zarigüeya que hacía movimientos bruscos y un chirrido para alejar a los gatos, quité las croquetas y volví a las tortillas para desalentar a los gatos.

La incertidumbre me sobrecogió cuando las tortillas dejaron de ser consumidas y esperé su regreso porque supuse que había entrado en época de apareamiento y por eso había partido de casa.

Durante tres meses mantuve una relación con ese pequeño ser que me reconoció en cierto sentido, se escondía dando la espalda pero dejando visible toda la larga cola.

Para consolarme, pensé que sus últimos días los vivió acompañado, proveído y querido por alguien.

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