El gran gesto: de Isak Dinesen

Síntesis de gerardomorah

Llegué a gozar de cierta fama como médico entre los aparceros de la granja; hasta de Limoru o de Kijabe acudían los pacientes a mi consulta. Al comienzo de mi carrera había practicado algunas curas con una suerte prodigiosa, y esto había hecho que mi nombre se extendiera por las manyattas. Posteriormente llegué a cometer grandes errores, que me afligen cada vez que los recuerdo, pero mi prestigio no pareció salir menoscabado e incluso a veces llegué a pensar que la gente me tenía ley precisamente por no ser yo infalible. Este rasgo es también característico de los africanos en otras de sus relaciones con los europeos.

En los últimos meses que pasé en la granja, cuando ya se me iba dando poco a poco a entender que mi batalla de tantos años estaba perdida y que habría de renunciar a mi vida en África y regresar a Europa, vino a mi consulta un niñito de seis o siete años llamado Wawerru con graves quemaduras en ambas piernas. Las quemaduras eran cosa frecuente entre los Kikuyus, ya que ponían un montón de brasas en medio de la choza, se echaban a dormir alrededor y solía ocurrir que en el transcurso de la noche las brasas resbalaran y fueran a parar sobre los durmientes.

Los Padres franceses  me habían regalado un nuevo tipo de ungüento para las quemaduras, recién llegado de Francia. Wawerru era un muchacho endeble, de ojos rasgados, hijo menor y mimado de su familia hasta el punto de creer que todos le tenían que dar gusto; bien él o sus hermanos mayores que lo habían traído a casa se las habían arreglado para que les entrara en la cabeza que el tratamiento tenía que ser cada tres días, con lo que las llagas se le iban sanando. Kamate sabía muy bien, como practicante mío que era, cuánta satisfacción me proporcionaba aquella tarea; cada tres días buscaba con sus ojos de lince al pequeño grupo entre los pacientes de la terraza, y una vez que dejaron de venir, se tomó la molestia de bajar a la manyatta de Wawerru para recordar a la familia sus deberes. De pronto, Wawerru dejó de aparecer, se esfumó de mi existencia. Pregunté por él a otro toto. «Sejui»_ no sé_, me respondió. Días más tarde bajé a la manyatta seguida de mis perros.

Al bajar la ladera pude ver al propio Wawerru sentado en la hierba, jugando con otros totos. Uno de sus compañeros de juego se dio cuenta de mí y se lo advirtió, y él, sin pensarlo dos veces ni mirar siquiera salió corriendo hacia el laberinto de chozas y desapareció ante mis ojos. Como tenía muy aún muy débiles las piernas para sostenerse, salió gateando a cuatro patas como un ratón, con prodigiosa velocidad. Tanta ingratitud provocó en mí un violento acceso de rabia. Puse a Rouge al galope corto para darle alcance y en el preciso momento en que yo saltaba de la silla y corría tras él, se escabulló dentro de una choza, exactamente como un ratón en su agujero. Rouge era un caballo juicioso, y si yo lo dejaba con las riendas sueltas  sobre el pescuezo, se quedaría quieto y me aguardaría. En la mano tenía yo el látigo de montar.

 

Al pasar de la luz del Sol al interior de la choza, me hallé casi a oscuras; dentro había unas cuantas figuras imprecisas, hombres o mujeres. Wawerru, al darse cuenta de que estaba cazado, se echó boca abajo sin decir una palabra. Entonces pude ver que se había quitado los largos vendajes que tan cuidadosamente le pusiera yo y que tenía todas las piernas untadas de arriba a abajo con una espesa capa de boñiga. En realidad la boñiga no es un mal remedio contra las quemaduras, pues se seca rápidamente y aísla del aire. Pero en aquel momento, ver y oler aquello me produjo náuseas mortales y por una especie de instinto de conservación empuñé con fuerza el látigo.

 

Nunca hasta entonces se me había ocurrido establecer una asociación mental entre mi éxito o mi fracaso en la cura de las piernas de Wawerru y mi propio destino, o el destino de la granja. Mientras estaba allí en la choza, acostumbrando mis ojos a la penumbra, vi que ambos eran uno solo y que el mundo en torno mío se entristecía infinitamente hasta convertirse en un lugar sin esperanza. Me había aventurado a creer que los esfuerzos míos lograrían derrotar al destino, y ahora me daba cuenta de mi gran equivocación. Me acababan de presentar un balance que probaba que todo lo que yo emprendiera estaba destinado al fracasar. Mi cosecha iba a ser boñiga. Recordé la vieja canción jacobita:

 

Se ha hecho ya lo que hacerse podía.

Y todo ha resultado en vano.

 

No dije una palabra ni pude emitir sonido alguno. Pero bajo mis párpados se acumularon las lágrimas y no pude contenerlas. En unos instantes sentí  mi rostro bañado en llanto. Es posible que permaneciera allí de pie mucho tiempo, en el hondo silencio de la choza. Como había que poner fin de algún modo a aquella situación di media vuelta y salí, y era mi llanto tan copioso que por dos veces equivoqué la salida. Fuera de la choza, hallé a Rouge aguardándome; subí a la silla y me puse lentamente en camino. Apenas había cabalgado unos diez metros, cuando me volví para ver si mis perros me seguían. Vi entonces que un grupo de gente había salido de la choza y me miraba. Otros diez o veinte metros más volví a pensar en la cosa y no dejó de chocarme conducta tan poco corriente por parte de mis aparceros.

Me volví para mirarlos de nuevo. Esta vez había aún más gente en el césped, todos inmóviles, siguiéndome con los ojos. Desde luego, toda la población de la manyatta había salido para vernos a Rouge y a mí desaparecer en la llanura. Entonces pensé: «Nunca hasta ahora me habían visto llorar. Acaso nunca creyeron que pudiera llorar un blanco. No debí haberlo hecho».

A la mañana siguiente, muy temprano, antes de que Juma entrara a correr las cortinas de mis ventanas, la intensidad del silencio en torno mío me hizo notar que no lejos se había agrupado una multitud. Ya anteriormente había pasado por una experiencia semejante, de la que ya he escrito algo. Es una cualidad de los africanos: dan a conocer su presencia por medios que no son ni la vista ni el oído ni el olfato, de modo que no puede uno decirse: «Los veo», «los oigo» o «los huelo», sino: «Ahí están». Los animales salvajes poseen esa misma cualidad, pero los domésticos la han perdido. «Han llegado hasta aquí, entonces _reflexioné_, ¿Qué me traerán? »  Me levanté y salí.

 

En la terraza había, en efecto, muchísima gente. Yo los miraba en silencio y ellos, en silencio también, me rodeaban. Estaba claro que si hubiera querido irme no me habrían dejado. Había allí viejos hombres y mujeres, madres con sus bebes a la espalda, moranis insolentes, recatadas nditos y bulliciosos totos de ojos vivarachos.

Al verse frente a esta especie de muda y mortal decisión por parte del africano, un europeo trata de hallar palabras con que concretarla y darle expresión, de la misma manera que en los cuentos de hadas el hombre que opone sus fuerzas al gigante ha de averiguar el nombre de su adversario  y encadenarlo a una palabra para no verse perdido de una manera oscura y fabulosa. Hubo un segundo en que mi mente enloquecida respondió a la situación con una pregunta incongruente. «¿Tienen intención de matarme? »  Pero al instante di con la fórmula adecuada. Las gentes de mi granja habían venido para decirme: « Ha llegado la hora». «En efecto, ha llegado _asentí mentalmente_. ¿Pero la hora de qué? » Una vieja mujer fue la primera en abrir la boca.

La vieja mujer de la terraza me presentaba su mano derecha cogiéndosela con la izquierda, como si la fuera a regalar. Una quemadura escarlata le cruzaba la muñeca. «Msabu _sollozó en mi cara_, tengo la mano mala, mala. Necesita medicina. » La quemadura era superficial.

 

Luego vino un viejo que se había dado con el hacha un corte en la pierna; luego dos madres con niños calenturientos: luego un morani con el labio partido y otro con un tobillo dislocado, y una ndito con una contusión en el redondo seno. Ninguna de las heridas era grave. Tuve incluso que examinar una colección de astillas en la palma de la mano de uno que había trepado a un árbol en  busca de miel.

 

Poco a poco me fui haciendo cargo de la situación. Me di cuenta de que la gente de mi granja, en un gran gesto colectivo, había acordado traerme aquel día aquello que siempre quise de ellos contra toda razón y contra la inclinación de su naturaleza. Seguro que habrían estado buscando una solución, aleccionándose mutuamente, discutiendo la cosa: «La hemos estado tratando con demasiada dureza. Está claro que no puede aguantar más. Ha llegado la hora de ser indulgente con ella».

 

No había manera de descartar con explicaciones el hecho de habérseme puesto en ridículo. De todos modos, se me ponía en ridículo con mucha generosidad.

 

Al cabo de uno o dos minutos no pude contener la risa. Ellos, que espiaban mi rostro, al notar el cambio me imitaron. Una tras otra, todas las caras a mi alrededor se animaban y rompían a reír. En las caras desdentadas de las mujeres viejas cien arrugas delicadas trocaban mejillas y mentón en una radiante máscara barroca, pues ya no eran las cicatrices de la guerra de la vida, sino las huellas de muchas risas.

 

El júbilo recorrió la terraza y se extendió hasta sus bordes como las ondas de una mar rizada. Pocas cosas en la vida hay tan gratas como sentirse rodeado de esta repentina y clara pleamar de risas africanas.

 

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Dinesen, Isak: El gesto, en : De sombras en la hierba. Gaceta literaria de la Universidad Veracruzana. Año 5, número 53-54, mayo-junio del 2002. p. XIX a la XXIV.

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Isak Dinesen en la Wikipedia

Comentario de gerardomorah XII

¿Qué pasa después de la muerte?

Algunas ideas previas al tema:

1.- El cuerpo posee masa y energía.

2.- Todo se transforma.

3.- El universo está ordenado de tal manera que todo ser tiene un lugar, un espacio, un tiempo.

4.- Todos los seres se relacionan o están conectados de alguna manera.

5.- Esta interrelación es activa, es decir, uno impulsa a otro y éste es recíproco con el primero.

6.- Todo tiene una lógica, una finalidad, una función, una utilidad.

 

Primero:

Si somos seres de energía, nuestra energía resultante al final de la vida, puede llegar a ser el combustible de algún motor desconocido, alguna energía terrestre o del universo como la energía oscura.

 

Segundo:

La última energía vital puede llegar a generar nuevas partículas, unas previamente inexistentes, a semejanza de los neutrones radioactivos que decaen en protones, electrones y neutrinos. Simplemente aparecen cuando los neutrones decaen, antes no existían.

 

Tercero:

Si existen nueve dimensiones, como mencionan algunas teorías de los físicos sobre las Supercuerdas. Esa energía resultante al final, puede naturalmente dirigirse a alguna de las dimensiones no conocidas.

 

Cuarto:

La energía resultante al final de la vida, puede llegar a constituir en su conjunto una envoltura alrededor de la tierra. Una vitanósfera, una envoltura creadora de vida, para  impulsar la generación de vida en otros seres que de otra manera no se activarían, y para el milagro de hacer coincidir los materiales y elementos propicios para hacer del planeta un paraíso de seres vivos.

 

Algo sobre Cohen Leth, personaje de “El Teorema Cero”

1.- Cohen, se reconoce como Cohen, como uno, cuando se dirigen a él, pero cuando tiene que decidir algo o realizar una conducta, se refiere como una colectividad: “nosotros no deseamos trabajar fuera de casa”, “nosotros no deseamos asistir a una reunión social”, “nosotros necesitamos hablar con el Director”, “nosotros esperamos la llamada telefónica”. Es decir, se reconoce como un ser complejo con varias facetas que tienen que poder ponerse de acuerdo para realizar una conducta. Facetas como la obsesión por el trabajo, la insociabilidad, la necesidad del silencio, la angustia por la espera de la llamada telefónica, el anhelo de saber el significado de su vida y del universo. Todas esas características lo hacen ser una persona muy particular, distinta al conjunto poblacional que encaja con las necesidades y satisfactores de “La Dirección”

 

2.- Cohen es un matemático dedicado a resolver problemas de esa naturaleza que le encarga “El Director”. Trabaja con su computadora y parte de su trabajo ha servido para establecer una red neuronal computacional cuyo resultado es un mundo virtual. El “Director” se ha fijado en él, por su capacidad profesional y por ser inmune a su entorno social. El último trabajo que se le ha encargado es el de resolver “El Teorema Cero”, algo muy complejo en que han fallado varios matemáticos y han quedado arruinados mentalmente. Cohen no puede resolver el teorema porque es cambiante lo que se quiere medir o calcular. Un joven prodigio le ha adelantado el resultado sin poder probarlo, pero Cohen no puede creerlo, necesita probarse.

 

Epílogo.

Cohen, tiene razón, es uno y es varios, uno es el profesional con la mente especializada en fórmulas matemáticas, otro el que desea resolver dudas existenciales vitales, otro el que desea adaptarse a su entorno y consulta a su doctora virtual, otro el que subsiste de manera precaria socialmente.

 

El teorema cero, es una aporía, un falso problema, no existe la nada, siempre hay algo, cuando creemos que es el final de algo, de la vida o del universo, sólo estamos viendo una parte del todo, un giro, una vuelta, un retorno, un escalón, una huella.

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Ficha técnica:

Teorema Zero (The Zero Theorem),  Reino Unido, 2013.

Dirección: Terry Gilliam

Guion: Pat Rushin

Producción: Nicolas Chartier, Dean Zanuck

Música: George Fenton

Reparto: Christoph Waltz, Mélanie Thierry, David Thewlis, Lucas Hedges

Comentario de gerardomorah XI

Algo sobre lo que puede ser la conciencia.

Lo que dificulta la reflexión sobre la conciencia, es que hacemos referencia a distintas cosas con un mismo nombre. Supongamos lo siguiente: en el dibujo, el nivel inferior (naranja) representa la percepción sensorial de la realidad; el siguiente nivel (rojo) es la conciencia, limitado a ser decodificador de la percepción de la realidad; el tercer nivel (verde ) es la identidada personal, el yo; los círculos son la mente y el proceso cognoscitivo.

Dijimos que la conciencia era una herramienta, como una lente para ver mejor, ¿quién ve mejor? la mente y su proceso cognoscitivo, ¿para quién ve mejor?, para la identidad o yo, quien realiza la conducta final de adaptación o supervivencia.

La conciencia en esta especulación tiene las siguientes características:

  1. Es un interruptor.
  2. Es una conexión entre la realidad y la mente.
  3. Es un estado permanente de alerta.
  4. Es una herramienta para decodificar los datos externos.

Qué no es la conciencia en este estudio:

  1. No es el pensamiento. El pensamiento es el medio de expresión de nuestra mente, el medio de comunicación interno.
  2. No es la interpretación compleja de la realidad. Eso lo hace la mente y el proceso cognoscitivo.
  3. No es la valoración de las cosas, personas o situaciones. Eso pertenece al “mundo de vida” del yo o identidad.
  4. No es la autoconciencia, es decir, la capacidad de reconocimiento de uno mismo con un principio y un fin en un contexto dado.
  5. No es el todo, sino una parte de la mente. Realiza una función y no todas.

Si la conciencia es un decodificador de la realidad, entonces también puede poseerla un gusano o una planta, es decir, cualquier ser vivo que debe interpretar la realidad para amoldarse a ella y poder sobrevivir.

El Guardián de la Salud: libro viejo 1953

Swartout, Humberto O.: “El Guardián de la Salud”, Ediciones Interamericanas, California E.U, 1953.

Miembro de la Junta Americana de Medicina Preventiva  y Salud Pública. Traducción y ordenamiento de temas para la versión castellana por: Marcelo I. Fayard.

Pacific Press Publishing Association Mountain View, California. Printed in USA

 

Prefacio.

A pesar de sus imperfecciones, la medicina moderna se destaca como uno de los mayores triunfos del esfuerzo humano. Pero es una ciencia que progresa. Sobre los conocimientos y la experiencia  que se han adquirido en lo pasado, y sobre las medidas curativas tradicionales, va construyendo su andamiaje de métodos perfeccionados tanto para la prevención como para la curación de las enfermedades.

Va  de suyo que este progreso en el arte de conservar la salud representa grandes beneficios para todos, con tal que dichos beneficios y los principios en que se apoyan sean conocidos. Por esto, creemos que al ofrecer el presente libro, El guardián de la Salud, se satisface una verdadera necesidad, como se verá en seguida al echar un vistazo al plan que se ha seguido en su preparación.

En esta obra se estudia, en efecto, por separado:

  1. Cerca de 400 enfermedades, emergencias o condiciones que requieren tratamientos.
  2. Como 30 enfermedades tropicales.
  3. Más de 40 tratamientos caseros naturales, hidroterápicos, etc.
  4. Alrededor de 30 recetas para afecciones comunes de la piel, etc.
  5. Instrucciones concretas acerca de cómo proceder para salvar vidas cuando no se pueden obtener los servicios de un médico, como en casos de accidentes, de parto, etc.
  6. Un programa detallado de los cuidados que necesitan los niños para criarse sanos y fuertes.
  7. Consejos claros acerca de cómo cuidar a los enfermos y acerca de los mejores métodos para recuperar la salud en caso de haberla perdido.
  8. Una exposición de los hábitos de vida y el régimen alimenticio más convenientes para mantenerse sano.

 

Un tema sobre Cowboy Bebop: la música.

The Real Folk Blues

Digging my potato.

Don`t Bother None.

Ballad of Fallen Angels.

Ask DNA.

Too Good Too Bad

Tank!

Bad Dog No Biscuits

Spokey Dokey.

Piano Black

Blue – Mushroom Hunting.

El Diablo en la conquista, de Edmundo O`Gorman.

En un artículo periodístico publicado por: El Universal el 28 julio de 2018, de la autoría de: yanet aguilar. Se expresa lo siguiente:

Un libro editado por El Centro de Estudios de Historia de México Carso Fundación Carlos Slim reúne la investigación que hizo el historiador Edmundo O’Gorman a partir de archivos del Archivo General de la Nación sobre el Diablo en la Conquiesta.

A finales de los años 30 Edmundo O’Gorman fue desarrollando su investigación, apunta su interés por revisar la figura del demonio en crónicas y documentos de los siglos XV y XVI, e incluso llega a los siglos XVII y XVIII. Durante cuatro años realizó la investigación.

“Habla de los sacrificios humanos, de las apariciones del Diablo, de cómo el Diablo es terco y quiere recuperar su presencia; y lo toma de muchos de los que vivieron la Conquista, como Bernal Díaz del Castillo”, afirma el Doctor Ramos Medina, quien reconoce que la concepción del Diablo llegó con los españoles.

Fuente:

//http://www.eluniversal.com.mx/cultura/publican-una-obra-del-demonio#imagen-1

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No he leído el libro, pero supongo lo siguiente: Trata sobre la construcción del diablo en el imaginario colectivo durante la conquista y la colonia en el estado pre-mexicano, es decir, se trata de una transculturación, se formula este arquetípo durante el proceso de evangelización del pueblo vencido.

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Expresa Jacques Soustelle: <<Hernán Cortés expresó a Moctezuma II desde el principio de su estancia en México: “no son dioses sino cosas malas llamadas diablos”. Ignórase cómo la india
Malintzin, quien servía de intérprete al caudillo extremeño, pudo traducir al soberano azteca esta frase sacrílega. La lengua mexicana no tiene palabra que correponda a ·”diablo” o a “demonio”.>>

Fuente:
Soustelle, Jacques: “El universo de los aztecas”, 1ª ed., Fondo de Cultura Económica, México, 1982,  p. 8

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Comentario de gerardomorah X.

Algo sobre la conciencia II.

La base fisiológica de la conciencia se encuentra en el cerebro, pero la dificultad en el mapeo del centro operativo de la conciencia es muy difícil, la zona más cercana al parecer es el “claustro” o regiones cercanas a ella, si no es que definitivamente es multirregional.

Si la conciencia no tiene una base fija, es posible deducir que es una función o un sistema más que una estructura definida. Si fuese una estructura como el corazón se podría reparar o sustituir físicamente, pero no lo es. Sí es posible en cambio reestablecerla en cierto grado con medicamentos prescritos contra el deterioro congnitivo, por ejemplo.

La conciencia gira en torno a una identidad, a un yo específico, intransferible, insustituible, único. La identidad se forma con la experiencia de vida y la conciencia de esa identidad se desarrolla simultáneamente.

La identidad sufre transformaciones en su devenir, desde la individuación con respecto a la madre, hasta momentos de la locura de las hormonas en la adolescencia, hasta la madures o vejez. Uno no es siempre el mismo de antes.

Entonces, si afirmamos que una cosa es la identidad y otra la conciencia, ¿puede existir la una sin la otra? La identidad puede sufrir menoscabo de su conciencia por accidente o enfermedad. La conciencia no puede funcionar sin una identidad, necesita que su lectura de la realidad sea remitida a un centro particular de toma de decisiones.

La conciencia es en parte un procesador de datos, y la conciencia es distinta en cada persona, en hombres y mujeres, en hombres y gusanos. Algunas personas pueden “ver” cosas que los demás no podemos “ver”, es decir, tienen mayor capacidad de comprensión o de interrelación de la realidad.
Sería la conciencia como un microscopio o un telescopio, una herramienta de trabajo perfeccionada.

Conciencia y pensamiento no son lo mismo. El pensamiento es el discurso verbal o de otro tipo, imágenes, sonidos, secuencia de actos, etc., reflexivo o no reflexivo. Mediante el pensamiento la conciencia transmite su información. El pensamiento es esa voz interior que resuena es nuestra cabeza casi todo el día, y nos da los resultados que la conciencia ha encontrado en nuestro entorno.
El pensamiento dirá: “árbol”, pero la conciencia abrá recopilado muchos datos, tamaño, forma de la hoja, color del tronco, color de la hoja, forma sobre el horizonte, etc. La conciencia habrá buscado el nombre del árbol sin recordar el nombre, pero se aventurará sugerir “Roble”. Esto también es pensamiento pero que corre en segundo nivel, en un nivel automático casi imperceptible. O tal vez es un pensamiento constructor y el otro un pensamiento final o concluyente.

¿Es la conciencia un producto cultural? Si una cultura es una forma de ver el mundo. Si una cultura es una interpretación del mundo, entonces, la conciencia es en gran parte un producto cultural. Pero esas culturas hacen distintos a los hombres, y lo distinto genera desconocimiento de las igualdades, y lo distinto genera enemistad y violencia.

La autoconciencia es una sofisticación, es como un espejo interno para observarnos a nosotros mismos a traves de las etapas del pasado, es útil para corregir nuestra conducta que es demasiado flexible por naturaleza, en comparación con los animales que tienen algunos patrones de conducta preestablecidos.

Dijimos que hay varios tipos de pensamientos, el verbal no es el único, por ejemplo, podemos considerar a un artista plástico en cuya mente predomina lo visual, las imágenes, los colores. O un artista musical cuya mente está especializada con las notas musicales, armonías, etc. En estos casos se trata del pensamiento artístico.
El sonar de los murciélagos supone un sistema de interpretación de la resonancias y una decodificación del mundo a través de los datos de ese sonar.
Los gusanos no necesitan interpretar toda la realidad, basta con interpretar su espacio-tiempo de vida.

Sobre el canto homofóbico de la porra mexicana de fútbol.

El comité disciplinario de la FIFA ha multado reiteradas veces a la Federación mexicana de fútbol, debido a la mala conducta de los aficionados mexicanos.
Es posible comprobar en algunas novelas que narran la batalla de “la noche triste”, por ejemplo en: FORTUNA: LA MUJER DE LA CONQUISTA de MAURICIO CARRERA.
Que la palabra ofensiva empleada contra los españoles en desbandada era la de “Cuilones”.

Un texto en internet sobre el origen del vocablo cochón empleado en Nicaragua, expresa ciertos datos:

“¿Y el nahuatlismo cuilón, nombre que en el siglo XVI se daban entre sí los indígenas del Pacífico en Nicaragua, de acuerdo con el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés? Este lo define en el anexo de su primera edición, dirigida por José Amador de los Ríos (1885): “Sodomita paciente: el que hacía el infame oficio de mujer entre los moradores de Nicaragua”. Se trata del sustantivo/adjetivo con que los nahuas del istmo de Rivas denominaban al invertido. ¿No procederá, entonces, cochón de cuilón? ¿No contienen ambos vocablos más similitud homofónica que cotzani y coyoni?

En mi trabajo Anglicismos y léxico sexual de Nicaragua (1998), cito que el mismo Bernal Díaz del Castillo, en su Verdadera relación de la conquista de México, registra cuilón: “nos decían (los mexicanos a los españoles) palabras vituperiosas, y entre ellas: ¡Oh, cuilones, y aún vivos quedáis!” Manuel Alvar anota su equivalencia: “putos, cuilonyote, pecado nefando, de hombre con hombre. La aclaración total de la voz consta en la primera parte de la extraordinaria obra”. Y Díaz del Castillo añade: “Por aquella causa llaman hoy día donde aquella guerra pasó cuylonemiquis, que en su lengua quiere decir donde mataron a los putos mexicanos”.

En conclusión, debe descartarse la procedencia galicista del vocablo cochón y ratificar su etimología náhuatl, es decir: de cuilón que significaba tanto cobarde como homosexual.”

Fuente:
//https://www.elnuevodiario.com.ni/opinion/325776-origen-vocablo-cochon/

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Adenda.

Parece que quedó inconclusa la entrada o publicación.

La expresión a que aludimos me parece que no debe tomarse en su sentido literal, sino únicamente como un puro insulto provocador que desestabilice al oponente. Una frase altisonante con una emoción muy negativa.

Es decir, no es una expresión homofóbica, el que la expresa no creo que tenga en la mente la orientación sexual de los jugadores, ni los mexicanos en general somos  intolerantes con la orientación sexual de nuestros vecinos o amigos.

En conclusión, es de muy mala educación y peor comportamiento el que las porras mexicanas coreen ese tipo de expresiones que demuestran el bajo nivel de esas personas.

La muerte es un asunto solitario: de Ray Bradbury

Venice California. Era una noche lluviosa y el protagonista leía un libro en la parte trasera del tren eléctrico. Esa noche se encontró con el amigo de la muerte y no lo supo. Sintió que estaba allí porque le llegaba su olor como el de las marismas que invaden los campos.

En un pueblo decadente ocurren varios incidentes mortales que difícilmente podrían catalogarse como asesinatos, como lo sería para el detective Crumley, pero no para el joven escritor de relatos policiacos que irá tomando nota de las peculiaridades de dichos incidentes.

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“La muerte es un asunto solitario, cuenta la historia de un crímen insólito, en la villa balnearía de Venice, California, en una noche de tormenta del mes de octubre de 1949, el cuerpo de un anciano flota en las aguas oscuras del canal, encerrado en una jaula de leones.”

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Bradbury, Ray: “La muerte es un asunto solitario”, 1ª ed., Minotauro, Barcelona España, 1990, 321 p.

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