Ollinia

Biografías, historias, textos y lecturas.

Sobre la apología del juicio de Sócrates relatado por Jenofonte.

Síntesis gerardomorah
Relato previo.

En la batalla de Delión (424 a.C.), ocho mil atenienses, al mando de Hipócrates, pasaron la frontera beocia y ocuparon el santuario de Apolo Delio, a las orillas del mar de Eubea; pero una vez fortificado este y dejada la guarnición allí, el grueso del ejercito se encontró con un número igualado de beocios, al mando de Pagondas. Estos vencieron, con gran mortandad de atenienses. 

Un joven guerrero yacía herido cerca de su caballo muerto. Un soldado que pasó cerca le reconoció y en el acto lo sujetó y cargó sobre su ancha espalda, caminó varios estadios hasta ponerlo fuera del alcance de los dardos enemigos. El joven era  Jenofonte, el soldado Sócrates. 

____

—¿No convendría, mi querido Sócrates, que discurrieras también algo sobre tu defensa?

A lo que el filósofo le contestó:

—Pues qué: ¿mi vida entera no te prueba que constantemente me ocupo de ella?

—¿Y cómo? —replicó Hermógenes.

—Procurando no hacer jamás una acción injusta: ese es a mis ojos el mejor modo de preparar mi defensa.

—Pero —dijo nuevamente el hijo de Hipónico— ¿no ves que los tribunales de Atenas han hecho perecer a multitud de inocentes, víctimas de su turbación para defenderse, mientras que han absuelto a otros muchos siendo delincuentes, porque su lengua los ha movido a compasión o cautivado por su elegancia?

—Pues, ¡por Zeus!, dos veces he intentado ya ocuparme de preparar una defensa y otras tantas se ha opuesto a ello el genio que me inspira.

—¡Lo que estás diciendo me sorprende!

—Y ¿por qué sorprenderte, si la divinidad juzga que es más ventajoso para mí el dejar la vida desde este instante mismo? ¿Pues tú no sabes que hasta el presente no hay un solo hombre a quien le conceda que haya vivido mejor que yo? Mi conciencia me dice, y es mi más dulce satisfacción, que he vivido de una manera justa y religiosa, de tal modo que, después de mi propia aprobación, me encuentro con la de cuantos me tratan, que tienen formada igual opinión sobre mi conducta. Pero ahora mi edad avanza y sé que han de sobrevenir las cosas propias de la vejez: ver mal, oír peor, ser cada día más tardío para aprender y de lo que tiene uno aprendido irse olvidando rápidamente. Y si yo advierto la pérdida de mis facultades, y si he de estar incómodo conmigo mismo, ¿cómo podré decir entonces que vivo gustosamente? Acaso el dios me concede esto como un don especial, pues no solo voy a dejar la vida en el momento más favorable por mi edad, sino de la manera menos penosa; pues, si hoy me condenan, me será permitido indudablemente escoger la especie de muerte que estimen más sencilla los que entienden de esto: muerte que dé lo menos que hacer a mis amigos, y que llene cumplidamente los deseos del que ha de sufrirla, pues así se va uno extinguiendo sin ofrecer nada repugnante ni molesto a los ojos de los que le rodean, teniendo el cuerpo sano y el alma dispuesta a la complacencia. ¿Cómo por precisión no ha de ser esta muerte apetecible?

¡Por Zeus! Hermógenes, que no pensaré más en esto. Y si por hacer ver en el tribunal los favores que debo a los dioses y a los hombres, si por manifestar libremente el concepto que tengo de mí mismo me indispusiera con mis jueces… preferiré morir antes que mendigar servilmente que se me otorgue la prolongación de una vida cien veces peor que la muerte.

(Después de esta resolución fue cuando, según Hermógenes, sus enemigos le acusaron de no reconocer los dioses que veneraba la patria, de haber introducido nuevas divinidades y de corromper a la juventud.)

Compareció ante los jueces y dijo:

—¡Atenienses! Lo que más me maravilla en este asunto es la conducta de Meleto. ¿Cómo ha osado asegurar que desprecio las deidades de la república, cuando todo el mundo me ha visto, y él mismo si lo ha querido, tomar parte en las comunes festividades y sacrificar en altares públicos? ¿Es, pues, por ventura, introducir númenes extraños el haber yo dicho que la voz de un dios resuena en mi oído enseñándome cómo debo obrar? ¿Pues los que consultan los cantos de las aves o los pronósticos de los mismos hombres no se dejan influir también por sonidos articulados? ¿Quién puede negar que el trueno sea una voz y el más grande de todos los presagios? ¿Es que la pitonisa colocada sobre el trípode no se vale también de la voz para pronunciar los oráculos de su dios? En una palabra, que el dios conoce y revela a quien le place el secreto de lo porvenir: he ahí todo lo que yo digo, que es lo mismo que dicen y piensan los demás. Pues bien, los demás llaman a todo eso augurios, pronósticos, presagios, profecías; yo le llamo genio (daimonio), y creo que, llamándolo así, uso un lenguaje más verdadero y más piadoso que los que atribuyen a las aves el poder de los dioses. Y la prueba de que no miento contra la divinidad es que, cuantas veces he manifestado a mis numerosos amigos los consejos del dios, jamás les he parecido engañado.

Se alborotaron los jueces al oír esta arenga: unos, porque no daban crédito a lo que habían oído; otros, aguijoneados por la envidia de que aquel hombre hubiera conseguido mayores distinciones que ellos por parte de los dioses.

Sócrates tomó de nuevo la palabra y les dijo:

—Ea, pues, escuchad más todavía, a fin de que los que lo desean tengan un motivo más para no creer en los favores que me concede el cielo. Un día ante una reunión inmensa interrogó Querefonte sobre mí al oráculo de Delfos: «No existe un hombre —respondió Apolo— más independiente, más justo ni más sabio que Sócrates».

Como era de esperar, se levantó aún más el clamor de los jueces cuando escucharon esto. El sabio ateniense nuevamente les arguyó, diciéndoles:

—¡Hijos del Ática! Pues mayores alabanzas que las tributadas a mí profirió el oráculo en honor de Licurgo, el legislador de los espartanos. Al verle entrar en el templo cuentan que exclamó: «No sé si te llame dios u hombre». A mí, sin haberme comparado a un dios, solo me ha hecho superior a los demás hombres.

»Sin embargo, yo no quiero que ciegamente deis crédito a las palabras del oráculo; pero ruego que las examinéis una por una. ¿Conocéis un hombre menos esclavo de los apetitos del cuerpo que yo?; ¿un hombre más independiente que yo, que de nadie admito dádivas ni recompensas? ¿Y a quién podréis vosotros considerar como el más justo, sino al hombre moderado que se acomoda con lo que tiene, sin tener nunca necesidad de lo de los demás? Y, en fin, ¿cuál de vosotros puede negarme el último dictado del oráculo, si desde el momento que comencé a comprender la lengua humana no he cesado de investigar y he aprendido cuanto bueno he podido?

»Tal es mi conducta y, sin embargo, Meleto, tú me acusas de pervertir a la juventud. Pero todos sabemos en qué consisten tales corrupciones: dime si conoces a uno solo de esos jóvenes que con mis lecciones se haya pervertido; que siendo religioso se haya hecho un impío; que de moderado se haya tornado violento; de reservado, en pródigo; de sobrio, en amante de la crápula; de trabajador, en perezoso; uno solo que se haya entregado a pasiones vergonzosas.

—¡Sí, por Zeus! Conozco a algunos a quienes has seducido hasta el punto de que siguen con más confianza tus consejos que los de sus padres.

—Lo confieso —dijo Sócrates—; pero en lo relativo a la educación moral, que, como ellos saben, es el asiduo objeto de mis desvelos. También en lo que conviene a la salud seguimos mejor los consejos de los médicos que los de nuestros padres; y vosotros todos, atenienses, miráis en las asambleas a los que hablan en ellas con superior ilustración, con más predilección que a los que se hallan unidos a vosotros por los vínculos de la sangre; así como en las elecciones de generales preferís los varones más hábiles en el arte de la guerra, no solo a vuestros padres y a vuestros hermanos, sino, ¡por Zeus!, aun a vosotros mismos.

—Ese es el uso, y así conviene a la patria —replicó Meleto.

—Pues entonces —dijo Sócrates—, ¿no te parece digno de admiración, siendo en todos los asuntos los más hábiles considerados, no solo como iguales, sino como superiores a los demás, que yo, por ser tenido en la opinión de algunos como el mejor en lo que es el mayor bien de los hombres, la educación del espíritu, me haya de ver por tu causa condenado a muerte.

(Lo de conservar la vida creía que no debía pedirse con humillaciones; antes bien, estaba convencido de que era la ocasión oportuna de morir: y que era esta su convicción, claramente se vio después de pronunciada la sentencia. Se le invitó primero a que conmutase la pena capital por una multa , y ni accedió a ello ni permitió a sus amigos que la entregaran, pues decía que condenándose a una pena pecuniaria tenía que confesarse culpable. Quisieron luego sus amigos proporcionarle una huida; mas la rehusó también, y aun les preguntó, con cierto humor, si ellos tenían noticias de que hubiese fuera del Ática algún lugar inaccesible a la muerte.)

En fin, luego que la sentencia fue pronunciada, cuentan que se expresó así:

—¡Ciudadanos! Los sobornadores que han inducido al perjurio a los testigos que han depuesto en contra mía, y los que se han prestado al soborno, deben imprescindiblemente reconocerse culpables de una gran impiedad, de una tremenda injusticia. ¿Y sería decoroso que yo mostrara menos ánimo ahora que antes de haber sido condenado, yo que no estoy convicto de haber ejecutado nada de cuanto se me ha acusado? ¿Se me ha visto a mí, desertor del culto de Zeus y de Hera, y de los dioses y diosas, sacrificar a nuevas divinidades? ¿En mis juramentos, en mis discursos, me veis invocar otros dioses que los vuestros? Y por lo que hace a la juventud, ¿cómo yo he de pervertirla, cuando la acostumbro a la paciencia y a la frugalidad? Ninguno de esos crímenes contra los que la ley pronuncia la muerte —el sacrilegio, la perforación de muros, la venta de hombres, libres, la entrega de la patria —, ninguno de esos delitos me ha sido imputado por mis contrarios, por lo que me parece muy digno de extrañeza que vosotros hayáis podido encontrar en mi causa acción alguna que merezca la muerte. Mas yo no me creo por eso menos digno de estimación, pues muero inocente. No es el oprobio para mí, sino para los que me condenan. Por otro lado, me sirve de consuelo el destino de Palamedes, muerto de una manera semejante a la mía. Y en verdad, ¿hoy mismo no inspira cantos más hermosos este héroe que el propio Odiseo, que le hizo perecer injustamente? Estoy seguro que el tiempo pasado y los siglos venideros atestiguarán que no he hecho mal a nadie, que a nadie he pervertido, sino que he sido benéfico con mis discípulos, enseñándoles de buen grado lo bueno que he podido.

(Después de haber hablado así, se salió de la manera que correspondía a sus palabras: la mirada radiante, el exterior y la marcha majestuosa. Como advirtió que los que le acompañaban iban llorando, les dijo:)

—¿Y por qué es eso de llorar ahora? ¿Pues no sabíais, mucho tiempo ha, que la naturaleza desde que vine a la vida tenía decretada mi muerte? ¡Y si se tratase de que, rodeado de goces, tuviera que morir prematuramente, ciertamente que debía ser un motivo de aflicción para mí y para mis amigos; pero si voy a dejar la vida cuando ya solo sufrimientos debo esperar en ella! Creo, pues, que, al verme a mí contento, debéis participar de mi alegría todos vosotros.

—Pues yo me sublevo contra esa sentencia —dijo Apolodoro, hombre sencillo que le era muy adicto y que estaba allí presente—, porque veo que mueres injustamente.

—Queridísimo Apolodoro —contestó Sócrates, pasándole la mano cariñosamente por la cabeza—, pues ¿por ventura querríais mejor verme morir con justicia que con inocencia?

(Por mi parte, cuando considero la sabiduría e inmensa grandeza de aquel hombre, no puedo menos de recordarle, y con mi recuerdo tributarle mis alabanzas: y si alguien que sea amante de la virtud se ha encontrado con un hombre más útil que el sabio de Atenas, desde luego declaro que ese es el más afortunado de los mortales.)

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Fuentes:

//https://www.paginasobrefilosofia.com/html/Bachi2/Grecia2/socmili.html

//https://academialatin.com/literatura-griega/apologia-socrates-jenofonte/

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