Ollinia

Biografías, historias, textos y lecturas.

El regreso de Pichicuas, basado en un cuento de Sergio.

Versión de gerardomorah

“Primero Dios”. Antes no me encomendaba, lo aprendí de la ternura de mi madre y de la paciencia y dos buenos chanclazos bien dados y mejor recordados por parte de mi rudo padre; dos métodos pedagógicos complementarios muy efectivos.

Llegaron a la tienda cercana a la escuela, las canicas, iniciando la temporada de los juegos con estas bolitas de vidrio.

A la hora del recreo nos dirigimos a la sombra de la fronda de los jinicuiles que no estaban cargados de vainas por no ser la época.

Estábamos Eduardo, Mauricio, Nery, Silva, Jesús y yo. Eduardo era el mejor jugador de canicas y el más veloz corriendo. Mauricio era como su asistente, en todo le ayudaba. Nery era hijo de un doctor y podía comprarse las canicas por bolsa, además era amigo de la niña más bonita del salón. Silva era callado y estudioso. Jesús era muy amigo mío, me invitaba a su casa porque detrás de ella corría el arroyo que tanto me gustaba, de poco tiempo para acá había cambiado los juegos por platicar con las compañeritas.

­­­_Las reglas son la siguientes_ nos dijo Eduardo.

“Dibujamos sobre la tierra un círculo de dos cuartas de ancho, debemos lanzar las canicas sobre la orilla de ese círculo para ver el orden de lanzamiento, mientras más cerca primero en orden.

Depositamos tres canicas cada uno dentro del círculo; un cayuco o tonina vale dos ágatas o cuatro agüitas, un ágata vale dos agüitas, esas canicas son nuestras ganancias o pérdidas.

Las canicas que lanzamos son los tiritos o golpeadoras, esas no se pierden ni se ganan, si quedan en el interior del círculo se ahogan y deben salir del círculo para poder seguir siendo los tiritos o golpeadoras; pueden salir porque las saque otro jugador o porque en nuestro turno con otra canica la saquemos.

La finalidad del juego es sacar las canicas del círculo para ganarlas, sin quedar ahogados, si no lo logramos, sigue el turno del siguiente jugador.

No están permitidos los balines como tiritos porque dañan las canicas.

Los lanzamientos o tiros pueden ser a ras de tierra rectos o bombeados; a media altura apoyando la mano sobre la muñeca de la otra mano apoyada sobre los dedos; a gran altura sujetando una mano a la otra que lanza la canica.”

Procedimos a limpiar de piedritas el suelo, a buscar la vara para dibujar el círculo, a obtener el orden de tiro.

En eso estábamos cuando vimos llegar a Pichicuas. Durante el años lectivo no estuvo con nosotros, se ausentó del pueblo junto con su madre. Recuerdo su casa en una zona de cuartos amarillos y verdes con una escalera muy larga; de allí me surgió la idea de que además de maestro o bombero, podría ser arquitecto y construir escaleras sin fin con descansos largos.

_ ¿Cómo estás?_

_ ¿ Vas a regresar a la escuela?_

_ ¿Quieres jugar con nosotros?_ Preguntábamos atropelladamente, uno tras otro.

Nos dijo que iba a regresar a la escuela revalidando materias de la otra escuela en la que había estado, su madre hacía el trámite en ese momento.

Le proveímos de canicas y un tirito y comenzamos a jugar.

Pronto fuimos hechos a un lado, el duelo era entre Eduardo y Pichicuas; los estilos eran muy distintos, el primero era muy intenso, pasional, de fuerza; el segundo más técnico, fino, suave, de cálculo. Eduardo fue cegado por la ambición de  ganar la tonina y el rebote lo dejó ahogado, entonces brilló la gloria de Pichicuas, primero sacó el tirito de Eduardo y se lo entregó, luego, después de estudiar la posición de la tonina la sacó pegándole en el vértice derecho y haciéndola rodar suavemente. Lo demás fue muy sencillo desde el punto de vista del que sabe hacerlo y tiene la habilidad, sacó todas las canicas unas en solitario y otras en carambola.

Al terminar el juego nos regresó a todos cada canica.

_ Son tuyas, las ganaste a ley_ le dijo Eduardo.

Sonrío y no dijo: las canicas eran suyas y ahora siguen siendo suyas, yo no las necesito porque les tengo a ustedes, y dándonos las gracias se fue.

Siendo iguales entre los iguales, siempre nos inspiraba respeto, con su mirada franca y caminar firme. Con todavía desconcierto, vimos cómo se alejaba con su cara limpia y frente amplia y despejada que albergaba sus sueños de niño.

____

Basado en un cuento de Sergio cuando cursé el sexto año de primaria, su cuento sobre Pichicuas que jugaba a las canicas ganó el concurso de cuento de la escuela.

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