Balzac, por él mismo. Gaëtan Picon.

La Comedia Humana, obra tan vasta, tan compleja, tan contradictoria. ¿A qué unidad reducir Eugenia Grandet y Valeria Marneffe, Vautrin y Benassis, Rastignac y Desplein, Luis Lambert y Felipe Bridau: el ambicioso y el prudente, el criminal y el justo, el sensual y el místico, la virgen y la cortesana, el homosexual y el heterosexual, el tradicional y el rebelde? Dícese uno entonces que esta diversidad balzaciana expresa la que es propia de la realidad, captada en una observación sin prejuicio.

Brunetiere expresa: “El carácter más aparente de su obra es precisamente su objetividad. Sus novelas no son la confesión de su vida; y la elección de sus temas no le han sido jamás dictadas por motivos particulares, y en cierto modo privados… No se cuenta él mismo en ella ni se explica… No es Balzac quien elige su tema, sino sus temas los que se apoderan de él, por decirlo así, y se le imponen.”

Y entonces, bajo la influencia del café, “todo se agita, las ideas se ponen en marcha como los batallones del Gran Ejército sobre el campo de batalla y la batalla tiene lugar. Los recuerdos llegan a paso de carga, con banderas desplegadas; la caballería ligera de las comparaciones se abre en un magnífico galope; la artillería de la lógica acude con su parque; los rasgos de ingenio llegan como francotiradores; las figuras se yerguen, el papel se cubre de tinta… Entonces, sobre el mundo desvanecido, se establece el reino de la inspiración”

La magia balzaciana, sin embargo, conoce más ritos de exorcismo que ritos propiciatorios. Los vencidos son más numerosos que los vencedores, lo trágico en la vida es más profundo que la felicidad.

En toda su obra, la esperanza y el destino son inseparables compañeros. “En una palabra, matar los sentimientos para vivir hasta la ancianidad, o morir joven aceptando el martirio de las pasiones.” (La piel de zapa.) “¿Cuál es el fin del hombre, desde el momento en que aquél que no desea nada y vive bajo la forma de una planta, llega a los cien años, mientras que el artista creador ha de morir joven?” El pensamiento mata al creador: es el mito de Lambert, de La piel de zapa; y pensamiento es toda pasión. La afirmación de la vida destruye la vida.

Monólogo del anticuario en La piel de zapa.

“Voy a revelaros en pocas palabras un gran misterio de la vida humana. El hombre se agota por dos actos realizados instintivamente y que secan la fuentes de su existencia. Dos verbos expresan  todas las formas que adoptan estas dos causas de muerte: querer y poder. Entre estos dos términos de la acción humana hay otra fórmula que utilizan los sabios, y a la que debo la dicha de mi longevidad. Querer nos quema y poder nos destruye; pero saber deja nuestro débil organismo en perpetuo estado de calma…”

Los grandes héroes balzacianos  no son en modo alguno, no obstante la apariencia, tipos representativos de la diversidad humana objetivamente captada. Es su pasión misma la que importa. Grandet no es apasionado porque sea avaro: es avaro porque es apasionado, la avaricia se ha hecho su pasión.

En Balzac, todos, hasta las porteras, tienen genio. Todas las almas son armas cargadas de voluntad hasta la boca. Es el propio Balzac.

Cada héroe balzaciano es ante todo ese a priori  del deseo puro, esa hambre que busca por doquier su alimento. “Todavía sólo se había enfrentado con sus deseos”: he aquí el momento en que el protagonista inicia su marcha, en el que tocamos su verdadera naturaleza.

El deseo y el poder conquistados son una usura, “una pérdida de fluido”, ” una sublime prodigalidad de existencia”.  Cada realización de la vida abrevia la vida. Tal es el mito de La piel de zapa.

Nada define más profundamente ese deseo eficaz que es el héroe  balzaciano, cómo su carácter insaciable, el vínculo entre deseo y porvenir. No quiere decir esto que en presencia de su objeto, el deseo se debilite o se abandone: no existe aquí ni el drama de la impotencia ni aun el del eterno  desencanto. Pero la victoria del deseo  no aplaca el deseo, su satisfacción no le colma: es propio de su naturaleza proyectarse continuamente hacia adelante. Como sus héroes, Balzac marcha de conquista en conquista, pero también de deseo en deseo.

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Picon, Gaëtan: Balzac por él mismo; 1ª edición de la Compañía General de Ediciones, México, 1960, 195 p.

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