El gran gesto: de Isak Dinesen

Síntesis de gerardomorah

Llegué a gozar de cierta fama como médico entre los aparceros de la granja; hasta de Limoru o de Kijabe acudían los pacientes a mi consulta. Al comienzo de mi carrera había practicado algunas curas con una suerte prodigiosa, y esto había hecho que mi nombre se extendiera por las manyattas. Posteriormente llegué a cometer grandes errores, que me afligen cada vez que los recuerdo, pero mi prestigio no pareció salir menoscabado e incluso a veces llegué a pensar que la gente me tenía ley precisamente por no ser yo infalible. Este rasgo es también característico de los africanos en otras de sus relaciones con los europeos.

En los últimos meses que pasé en la granja, cuando ya se me iba dando poco a poco a entender que mi batalla de tantos años estaba perdida y que habría de renunciar a mi vida en África y regresar a Europa, vino a mi consulta un niñito de seis o siete años llamado Wawerru con graves quemaduras en ambas piernas. Las quemaduras eran cosa frecuente entre los Kikuyus, ya que ponían un montón de brasas en medio de la choza, se echaban a dormir alrededor y solía ocurrir que en el transcurso de la noche las brasas resbalaran y fueran a parar sobre los durmientes.

Los Padres franceses  me habían regalado un nuevo tipo de ungüento para las quemaduras, recién llegado de Francia. Wawerru era un muchacho endeble, de ojos rasgados, hijo menor y mimado de su familia hasta el punto de creer que todos le tenían que dar gusto; bien él o sus hermanos mayores que lo habían traído a casa se las habían arreglado para que les entrara en la cabeza que el tratamiento tenía que ser cada tres días, con lo que las llagas se le iban sanando. Kamate sabía muy bien, como practicante mío que era, cuánta satisfacción me proporcionaba aquella tarea; cada tres días buscaba con sus ojos de lince al pequeño grupo entre los pacientes de la terraza, y una vez que dejaron de venir, se tomó la molestia de bajar a la manyatta de Wawerru para recordar a la familia sus deberes. De pronto, Wawerru dejó de aparecer, se esfumó de mi existencia. Pregunté por él a otro toto. «Sejui»_ no sé_, me respondió. Días más tarde bajé a la manyatta seguida de mis perros.

Al bajar la ladera pude ver al propio Wawerru sentado en la hierba, jugando con otros totos. Uno de sus compañeros de juego se dio cuenta de mí y se lo advirtió, y él, sin pensarlo dos veces ni mirar siquiera salió corriendo hacia el laberinto de chozas y desapareció ante mis ojos. Como tenía muy aún muy débiles las piernas para sostenerse, salió gateando a cuatro patas como un ratón, con prodigiosa velocidad. Tanta ingratitud provocó en mí un violento acceso de rabia. Puse a Rouge al galope corto para darle alcance y en el preciso momento en que yo saltaba de la silla y corría tras él, se escabulló dentro de una choza, exactamente como un ratón en su agujero. Rouge era un caballo juicioso, y si yo lo dejaba con las riendas sueltas  sobre el pescuezo, se quedaría quieto y me aguardaría. En la mano tenía yo el látigo de montar.

 

Al pasar de la luz del Sol al interior de la choza, me hallé casi a oscuras; dentro había unas cuantas figuras imprecisas, hombres o mujeres. Wawerru, al darse cuenta de que estaba cazado, se echó boca abajo sin decir una palabra. Entonces pude ver que se había quitado los largos vendajes que tan cuidadosamente le pusiera yo y que tenía todas las piernas untadas de arriba a abajo con una espesa capa de boñiga. En realidad la boñiga no es un mal remedio contra las quemaduras, pues se seca rápidamente y aísla del aire. Pero en aquel momento, ver y oler aquello me produjo náuseas mortales y por una especie de instinto de conservación empuñé con fuerza el látigo.

 

Nunca hasta entonces se me había ocurrido establecer una asociación mental entre mi éxito o mi fracaso en la cura de las piernas de Wawerru y mi propio destino, o el destino de la granja. Mientras estaba allí en la choza, acostumbrando mis ojos a la penumbra, vi que ambos eran uno solo y que el mundo en torno mío se entristecía infinitamente hasta convertirse en un lugar sin esperanza. Me había aventurado a creer que los esfuerzos míos lograrían derrotar al destino, y ahora me daba cuenta de mi gran equivocación. Me acababan de presentar un balance que probaba que todo lo que yo emprendiera estaba destinado al fracasar. Mi cosecha iba a ser boñiga. Recordé la vieja canción jacobita:

 

Se ha hecho ya lo que hacerse podía.

Y todo ha resultado en vano.

 

No dije una palabra ni pude emitir sonido alguno. Pero bajo mis párpados se acumularon las lágrimas y no pude contenerlas. En unos instantes sentí  mi rostro bañado en llanto. Es posible que permaneciera allí de pie mucho tiempo, en el hondo silencio de la choza. Como había que poner fin de algún modo a aquella situación di media vuelta y salí, y era mi llanto tan copioso que por dos veces equivoqué la salida. Fuera de la choza, hallé a Rouge aguardándome; subí a la silla y me puse lentamente en camino. Apenas había cabalgado unos diez metros, cuando me volví para ver si mis perros me seguían. Vi entonces que un grupo de gente había salido de la choza y me miraba. Otros diez o veinte metros más volví a pensar en la cosa y no dejó de chocarme conducta tan poco corriente por parte de mis aparceros.

Me volví para mirarlos de nuevo. Esta vez había aún más gente en el césped, todos inmóviles, siguiéndome con los ojos. Desde luego, toda la población de la manyatta había salido para vernos a Rouge y a mí desaparecer en la llanura. Entonces pensé: «Nunca hasta ahora me habían visto llorar. Acaso nunca creyeron que pudiera llorar un blanco. No debí haberlo hecho».

A la mañana siguiente, muy temprano, antes de que Juma entrara a correr las cortinas de mis ventanas, la intensidad del silencio en torno mío me hizo notar que no lejos se había agrupado una multitud. Ya anteriormente había pasado por una experiencia semejante, de la que ya he escrito algo. Es una cualidad de los africanos: dan a conocer su presencia por medios que no son ni la vista ni el oído ni el olfato, de modo que no puede uno decirse: «Los veo», «los oigo» o «los huelo», sino: «Ahí están». Los animales salvajes poseen esa misma cualidad, pero los domésticos la han perdido. «Han llegado hasta aquí, entonces _reflexioné_, ¿Qué me traerán? »  Me levanté y salí.

 

En la terraza había, en efecto, muchísima gente. Yo los miraba en silencio y ellos, en silencio también, me rodeaban. Estaba claro que si hubiera querido irme no me habrían dejado. Había allí viejos hombres y mujeres, madres con sus bebes a la espalda, moranis insolentes, recatadas nditos y bulliciosos totos de ojos vivarachos.

Al verse frente a esta especie de muda y mortal decisión por parte del africano, un europeo trata de hallar palabras con que concretarla y darle expresión, de la misma manera que en los cuentos de hadas el hombre que opone sus fuerzas al gigante ha de averiguar el nombre de su adversario  y encadenarlo a una palabra para no verse perdido de una manera oscura y fabulosa. Hubo un segundo en que mi mente enloquecida respondió a la situación con una pregunta incongruente. «¿Tienen intención de matarme? »  Pero al instante di con la fórmula adecuada. Las gentes de mi granja habían venido para decirme: « Ha llegado la hora». «En efecto, ha llegado _asentí mentalmente_. ¿Pero la hora de qué? » Una vieja mujer fue la primera en abrir la boca.

La vieja mujer de la terraza me presentaba su mano derecha cogiéndosela con la izquierda, como si la fuera a regalar. Una quemadura escarlata le cruzaba la muñeca. «Msabu _sollozó en mi cara_, tengo la mano mala, mala. Necesita medicina. » La quemadura era superficial.

 

Luego vino un viejo que se había dado con el hacha un corte en la pierna; luego dos madres con niños calenturientos: luego un morani con el labio partido y otro con un tobillo dislocado, y una ndito con una contusión en el redondo seno. Ninguna de las heridas era grave. Tuve incluso que examinar una colección de astillas en la palma de la mano de uno que había trepado a un árbol en  busca de miel.

 

Poco a poco me fui haciendo cargo de la situación. Me di cuenta de que la gente de mi granja, en un gran gesto colectivo, había acordado traerme aquel día aquello que siempre quise de ellos contra toda razón y contra la inclinación de su naturaleza. Seguro que habrían estado buscando una solución, aleccionándose mutuamente, discutiendo la cosa: «La hemos estado tratando con demasiada dureza. Está claro que no puede aguantar más. Ha llegado la hora de ser indulgente con ella».

 

No había manera de descartar con explicaciones el hecho de habérseme puesto en ridículo. De todos modos, se me ponía en ridículo con mucha generosidad.

 

Al cabo de uno o dos minutos no pude contener la risa. Ellos, que espiaban mi rostro, al notar el cambio me imitaron. Una tras otra, todas las caras a mi alrededor se animaban y rompían a reír. En las caras desdentadas de las mujeres viejas cien arrugas delicadas trocaban mejillas y mentón en una radiante máscara barroca, pues ya no eran las cicatrices de la guerra de la vida, sino las huellas de muchas risas.

 

El júbilo recorrió la terraza y se extendió hasta sus bordes como las ondas de una mar rizada. Pocas cosas en la vida hay tan gratas como sentirse rodeado de esta repentina y clara pleamar de risas africanas.

 

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Dinesen, Isak: El gesto, en : De sombras en la hierba. Gaceta literaria de la Universidad Veracruzana. Año 5, número 53-54, mayo-junio del 2002. p. XIX a la XXIV.

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Isak Dinesen en la Wikipedia

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