El culto del hombre libre, de Bertrand Russell, por: Isabel Sancho García.

Isabel Sancho García.
Revista de Filosofía Nº 12, 1996, 69-77
Síntesis de gerardomorah.
Pretende Russell arrancar al hombre de su pasividad y sometimiento frente a la fuerza del destino, fruto del miedo y de su consecuencia “la sed cruel de adoración”, y mostrarle el camino de una actitud activa y creadora cuyo resultado pudiese ser la victoria y no la esclavitud, en esa última e irracional partida contre el fatum.

Para ello era necesaria la interpretación de los tres grandes problemas que constituyen el destino humano: la interpretación del pasado, el cómo afrontar la muerte, y la aceptación de la marcha ciega y ajena al sentir del hombre, de las fuerzas de la Naturaleza.

La historia del hombre salvaje, concluye Russell, ha sido por esta actitud la historia de un hombre esclavo que sólo ha albergado en su corazón un culto: el culto al poder; la adoración al poder es el culto propio del hombre que no es libre.

El problema de la existencia tiene que dar razón, primero, de una percepción distinta del universo y del mundo que descubría la ciencia, a la vez que del correspondiente sentimiento nuevo que despertaban en el hombre esos descubrimientos, a saber, que el haber dotado a una minúscula porción del universo con el conocimiento y el amor al bien.

Acepta dos clases de hechos: aquellos que derivan del “mundo que la ciencia propone a nuestra creencia, es decir, contar única y exclusivamente con la imagen del mundo que la ciencia propone; y los que se derivan de la historia que ha desarrollado el hombre-esclavo.

La ciencia mostraba un Universo o mundo sin finalidad, impulsado por el principio de la evolución a lo que de inevitable pudiese resultar de él; un mundo en el que no cabía ya explicación religiosa tradicional sobre el significado o sentido de su desarrollo. Russell ajustaba a él su definición del hombre: “el hombre es el producto de causas que no preveían el fin hacia el que se dirigían; cuyo origen, nacimiento, esperanzas y temores, amores y creencias sólo son producto de colocaciones accidentales de átomos”.

El mundo y el puesto del hombre en el mundo, quedaban alterados irremisiblemente y, en consecuencia, también la percepción de la existencia humana (su relación con el tiempo pasado y futuro, y la muerte) a cuya soledad radical empujaba si cabe, aún más, la concepción científica. Y Russel se plegaba empíricamente a su representación: “Sólo en un mundo así, si es que han de hacerlo en algún lado, nuestros ideales deben buscar acomodo de ahora en adelante”.

La revisión crítica de los presupuesto del “problema de la existencia” parte de la aceptación de dos clases de hechos: la aceptación de las verdades científicas que constituyen el límite desde el que se puede pensar, porque “sólo dentro del armazón de estas verdades, puede edificarse en adelante la morada del alma con seguridad, y la aceptación de esa historia salvaje que ha dado de sí el hombre replegado ante el miedo, que sólo es capaz de adorar el nudo poder y la fuerza, cuyo rechazo es necesario; “si el poder es malo, como parece, expulsémoslo de nuestros corazones”.

Si la concepción científica del universo invalida la identificación de lo bueno con Dios, entonces debe configurarse un nuevo ideal posible para el hombre de su tiempo; su punto de partida es la tragedia de la existencia como resultado de la misma naturaleza humana; el punto de apoyo para superarla: la belleza y el bien; y el idealismo creativo fruto de la sabiduría, la única posibilidad de victoria.

Concepto del hombre. El hombre está unido por un cordón umbilical, el de “su” naturaleza, con la Naturaleza y, en consecuencia está sometido a su poder y a la muerte. En la acción y en el deseo debe someterse a la tiranía de las fuerzas exteriores, porque el deseo nace de su fondo natural, de su naturaleza en suma; y sus acciones pertenecen a ese mundo exterior cuyo dominio se le escapa las más de la veces. Pero el hombre, en el pensamiento y en la aspiración, es libre.

¿Puede vencer el hombre el destino de su impotencia frente a esas fuerzas irresistibles y ciegas? La respuesta de Russell es afirmativa. Una visión nueva que se apropia activamente de los elementos que constituyen la tragedia humana (la muerte y la mudanza, la irrevocabilidad del pasado, la impotencia del hombre ante el apresuramiento ciego del universo de vanidad en vanidad; mediante un proceso de asimilación de su belleza, porque la tragedia es un arte, y su absorción sólo es posible a través de la de su belleza.

El punto de apoyo para enfrentarse con el destino es, pues, la belleza de la tragedia del espectáculo del mundo; la condición de su apropiación es el desprendimiento de los deseos personales, que en los momentos de lucidez, de su unión con el mundo, proporciona el sentimiento trágico. Mas, en la lucha para vencer la fuerza del tirano destino, es la aspiración del idealismo creativo la palanca que el “héroe” necesita para levantar su masa inerte de nada, convirtiéndola en realidad positiva.

La puerta de la sabiduría consiste concretamente en comenzar “a vivir en un mundo tan amplio que las vejaciones de la vida cotidiana lleguen a parecer triviales y los propósitos que agitan nuestras emociones más profundas adopten algo de la inmensidad de nuestra contemplación cósmica.
La belleza que encuentra el hombre en la existencia humana, la que él puede crear, y su propio amor al bien desde lo mejor de sí mismo, constituyen los nuevos elementos para construir el templo de su culto, el culto del hombre libre.

El hombre solo, desligado de sus servidumbres con la Naturaleza, no le queda más que conservar su respeto por la verdad, por la belleza, por el ideal de perfección que la vida nos permite alcanzar, aunque ninguna de estas cosas reciba la aprobación del universo inconsciente. Y en eso consiste su auténtica libertad, y desde ella, el culto propio del hombre libre.

La posición del hombre contemporáneo en el mundo, y el culto propio del hombre que quiere ser libre, será “desdeñar los terrores cobardes del esclavo del destino, no dejarse desalentar por la fuerza del azar, salvaguardar su mente de la caprichosa tiranía que rige su vida exterior, desafiando orgullosamente a las fuerzas irresistibles que toleran por un momento su conocimiento y su condena, y sujetar sólo como cansado pero inflexible Atlas, el mundo que sus propios ideales han forjado, pese a la marcha arrolladora del poder inconsciente.

Russell invierte la relación del hombre con el destino: si el hombre histórico había sido impotente frente a él, el hombre contemporáneo traslada la impotencia al destino mismo, porque “ya no se inclina ante lo inevitable con una sumisión oriental, sino que lo absorbe y lo hace parte de él. Abandonar la lucha por la felicidad privada, expulsar toda ansiedad de deseo temporal, arder con pasión por cosas eternas”, eso es emancipación y ése es “el culto [propio] de hombre libre”.

Deseaba Russell una ética “que librara a los hombres de la perplejidad moral y del remordimiento, así como de la condenación eterna”, una ética que dejara atrás definitivamente impotencias y encogimientos, remordimientos y terrores, que a la postre son los leños que alimentan la hoguera de la crueldad y la infelicidad humana.

Russell, con A Free Man´s Worship cruzó definitivamente la línea de las creencias que rechazaría para siempre, a saber: el ideal estoico-cristiano y el idealismo filosófico en cualquiera de sus formas; y señaló aquéllas con las que contaría en adelante: un topos nuevo para el hombre del siglo XX, en el Universo aceptado por la ciencia; un concepto nuevo de naturaleza humana -aún en ciernes en este escrito-, naturaleza que fija los límites de su determinismo (acción y deseos) así como su libertad (pensamiento y aspiración). Y una nueva ética, basada en el idealismo creador, en la que se desarrollará la potencia y expansión de la creación humana frente al encogimiento del miedo.

Fuente:

PDF]El culto del hombre libre – Revistas Científicas de la Universidad de …
revistas.um.es/daimon/article/download/8261/8031

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