Recordando a la Revista Ararú: Revista para padres con necesidades especiales II.

Ararú: 1. [En Santo Domingo] Fécula parecida al sagú, que sirve de alimento a niños y enfermos.
http://www.lahistoriaconmapas.com/historia/historia2/definicion-de-araru/
_____

Revista Ararú, número 31.

Revista Ararú, número 31.

“La inclusión se da en la convivencia”: Alicia Molina
Entrevista con la autora de Todos significa todos, guía sobre inclusión de
niños con discapacidad en el arte y la cultura.

Si a alguien debemos reconocer como pionera en la creación de medios de información
sobre la discapacidad en México, así como en la promoción de una cultura de la inclusión
social desde los medios de comunicación, es a la maestra y escritora Alicia Molina. En
1992 creó, junto con un grupo de padres de familia de niños con discapacidad, la
asociación Alternativas de Comunicación para Necesidades Especiales, A.C. En 1993 la
asociación vio nacer Ararú. Revista para Padres con Necesidades Especiales, que se
convirtió en una fuente invaluable de información para una sociedad donde se sabía muy
poco sobre estos temas y las familias buscaban con dificultad alguna luz en el camino.
Ararú es citada en trabajos académicos y , sin duda, es precursora de proyectos
editoriales y de internet como Dis-Capacidad.com.

Desde entonces, y desde siempre, por la experiencia personal con Ana, su hija con
discapacidad, Alicia Molina ha trabajado en diversos ámbitos haciendo talleres, programas
de radio y televisión, artículos, libros, que aporten a la cultura del respeto a los derechos
de las personas con discapacidad. Ahora se desempeña como directora en la Fundación
Memorial Eduardo Vargas.

http://www.libreacceso.org/downloads/La_inclusion_se_da_en_la_convivencia.pdf
_____

Revista Ararú: Revista para padres con necesidades especiales.

No. 31, ago-oct. ´00

Páginas: 28 y 29.

Entrevista a Silvia Molina, por Dolores Calbonell.

Entrevista a Silvia Molina, por Dolores Calbonell.

Silvia Molina: La escritora que no sabía leer.

Autora: Dolores Carbonell

  “Pensaba que era algo único, personal, y no entendía por qué me pasaba precisamente a mí”. Así recuerda Silvia Molina la dislexia que marcó sus años de primaria. Cuando eso ocurrió, el problema carecía de nombre y más aún de tratamiento adecuado. Para el resto del mundo, aquella niña simplemente “no daba el ancho”.

 Entré a la escuela en el año de 1953 -recuerda Silvia-. Era una escuela bilingüe, francés-español. Y lo que recuerdo del colegio es que yo era la única niña en la clase a la que la maestra le cambiaba el lápiz de mano. La única, también, que tenía que repetir en voz alta: “de arriba abajo, de izquierda a derecha”, para que entendiera, de una buena vez, que tenía que comenzar a escribir de izquierda a derecha, porque siempre empezaba al revés. Y lo peor del caso es que yo no sabía cuál era la izquierda y cuál la derecha…

 “Por eso volteaba con angustia a ver, de reojo, lo que hacían mis compañeras para imitarlo”.

 Luego la cosa empeoró. “Me di cuenta -prosigue Silvia- que leía distinto. Ahí donde todo el mundo leía sopa, yo decía sapo. Así que reprobé segundo de primaria”.

 Las maestras creían, realmente, que no daba el ancho, se desesperaban, dudaban de la inteligencia de la niña y, para mayor comodidad, la mandaban a la última fila del salón.

 Naturalmente, recuerda, “se fue gestando en mí un sentimiento de inseguridad, una culpa por algo que a ciencia cierta no sabía qué era. Y era tal mi angustia que empecé a aprenderme las cosas de memoria, todo lo que decía la maestra. Así que iba pasando de año así, confiada en la memoria, dándole el tin marín en los exámenes de opción múltiple…”

 ¡Silvia, no inventes!

La dificultad para leer de corrido se prolongó por años. “Si hacía un esfuerzo, quizá podía entender el 60% de un texto, no más. En quinto, aquello se volvió público y notorio: tenía evidentes problemas de aprendizaje, pero nadie sabía a ciencia cierta qué era lo que me pasaba.

 “Unos decían que todo se debía a que no tenía papá (que había muerto cuando era muy chiquita), y que esa era mi forma de protestar por ello. Otros, en cambio, pensaban que simplemente no ponía atención.

 “En la casa, mis hermanos y mi mamá decidieron formar un frente común y ayudarme, así que todos se encargaron de mi educación. Y las cosas fueron para peor, porque en las tardes me hacían leer y escribir, hacer planas y dictados, repetir las palabras que me salían mal.

 “Cuando alguno de mis hermanos me hacía leer en voz alta, se botaba de risa, asegurando que yo inventaba. Yo, por mi parte, pensaba más bien que componía, porque había desarrollado una curiosa habilidad para suponer lo que estaba escrito.

 “Una tarde, uno de ellos me pasó el periódico y me dijo:

-A ver, ¿qué dice aquí?

Yo leí de corrido: -“Honraron a Supermán”.

-¡Qué, qué!, ¡no inventes!

Yo insistí: -“Honraron a Supermán”.

Me quitó el periódico y dijo:

-Silvia, dice “Conrado Sukerman”.

 “Y así fui pasando de año. Entre otras cosas, aprendiendo las cosas de memoria, porque cuando lo hacía lograba alguno que otro éxito. Pero lo cierto es que ni sabía leer, ni acababa de entender lo que leía”.

 La intuición de la seño Soriano

Cuando entró al salón en el primer día de clases en la secundaria, la seño Soriano me dijo a bocajarro:

 -Tú, El Platero, página siete.

Me quedé como una estatua, rogando al cielo que la de atrás reaccionara…

– Tú, te estoy hablando, ¿eres tonta o qué?

No hubo de otra, empecé a leer…

-Pero ¿qué haces en primero de secundaria? Creo que te me vas a ir a primero de primaria, pero ya.

 Y yo, naturalmente, a llorar… para variar, y en la angustia.

“Pero la seño Soriano se arrepintió. De pronto me lanzó sus llaves. Yo tenía El Platero en la mano derecha, así que las caché con la izquierda…

– Otra zurda a la que le cambiaron los cables en la primaria. No te preocupes más, yo te voy a enseñar a leer.

 “La seño Soriano no sabía cómo se llamaba mi problema -como no lo había sabido ninguna de mis maestras- pero de veras me enseñó a leer, con paciencia. Incluso aprendí a hacerlo casi como si fuera actriz… con entonación.

 “Nadie supo nunca qué era lo que yo tenía. Lo único cierto es que la vida me cambió en primero de secundaria”.

 Hija de tigre…

“Nunca me enteré que existía la dislexia…hasta que tuve una hija disléxica. Y entonces me entró una gran angustia, porque me dije: ‘pobre, tiene lo mismo que yo, qué horror’.

 “Y como aún no sabía que aquello tenía un nombre, le bordé una pulserita a mi hija: a la G le puse bigotes de gato; a la P un piquito de pato; a la D una uñita de dedo; a la B orejas de burro.

 – Cuando dudes, le dije esperanzada, ve tu pulserita.

 “Pero pronto empezó a no querer ir a la escuela, así que visité a la psicóloga del colegio y le dije lo preocupada que estaba.

 – No se angustie, dijo con toda la información en la mano, tiene dislexia. Le vamos a dar una terapia y todo va estar bien”.

 Paradójicamente…LAS LETRAS

 Paradójicamente, las letras que tanto la hicieron sufrir de niña, y que luego amenazarían en convertirse en el coco de su hija, serían acompañantes permanentes – y hoy muy amadas- de Silvia Molina, quien asegura que fue hasta la prepa cuando empezó a disfrutar la literatura.

 “Antes nos dejaban leer textos que no tenían nada que ver conmigo. Ninguno te hacía sentir “yo soy parte de eso”. Pero ese sentimiento se dio con De Perfil, de José Agustín; por primera vez sentí que la literatura me hablaba directamente.

 “Entonces quise escribir mi propia novela. Había abierto tantas veces El Platero que sabía cómo se sangraba un párrafo, cómo se ponían comillas, cómo se abría un guión para diálogo… Conté una historia – luchando todavía con mi pésima ortografía -, gané un concurso y me asusté muchísimo.

 Entonces Silvia apenas tenía 17 años. Luego, al ingresar a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM descubriría, con total fascinación, la lingüística y la gramática. También escribiría importantes y valiosos libros, incluso, uno muy especial: Quiero ser la que Seré*, donde narra la historia de una niña que creía que nunca sabría leer y escribir como Dios manda, y que por eso mismo no pensaba “en ser escritora, ni historiadora, ni maestra, ni doctora, ni enfermera, ni secretaria…”

_____

* Quiero ser la que seré de Silvia Molina, editada en la colección Punto de Encuentro de Everest Mexicana, ganó el Premio Leer es Vivir.

__________

Club de Lectores.

Entrevista a Silvia Molina, por Susana Garduño.
Fragmento.

Sus inicios como escritora

Fui una estudiante tardía porque salí muchas veces a vivir fuera de México, por lo cual prolongué mucho la preparatoria. Pero haber vivido en tantos países me dio mucha libertad para desenvolverme porque estaba acostumbrada a desempeñarme como una muchacha sola en un país extranjero. Los viajes también me alimentaron como autora. Tenía unos 18 años cuando comencé a escribir.

Por otra parte, fui muy mala lectora. Empecé a leer en la preparatoria. Pero soy un caso especial, porque soy disléxica, así que aprendí a leer muy tarde. Mis lecturas eran muy pobres, eran muy pocas, no me gustaba leer. Y además, las lecturas que me daban en la escuela no eran propias para mi edad.

Me formé como escritora en un taller donde daban clases Elena Poniatowska y Hugo Hiriart. por una parte, la disciplina con Elena y por otro lado, quien sí me enseñó definitivamente a escribir fue Hugo Hiriart. Él me enseñó a reflexionar y me decía: “Escribir es poner en orden. tienes que elegir las palabras”, y me decía cómo hacerlo. Me enseñó cuál era en la práctica el oficio del escritor. Y aprendí que era más bien quitar que poner. La escritura consiste más en reformar componer y en poner en orden lo que uno hizo como una primera versión.

Quiero ser la que seré

Obtuve el premio Leer es Vivir que otorga la editorial Everest en España con ese cuento. Cuando me dieron la convocatoria no me interesó en ese momento, pero poco después, me quedé reflexionando sobre el título del premio. Pensé que cuando aprendí a leer, realmente aprendí a vivir, para mí la vida se divide en antes y después de leer, porque yo entré a primero de secundaria y era desastroso, una falta de seguridad absoluta.

Estuve en un colegio de mujeres y me sentía igual que muchas de mis compañeras e incluso había cosas que hacía mejor que ellas, pero no aprendí a leer.

Cuando vi el título del premio reflexioné, porque eso es cierto, cuando aprendes a leer, aprendes a vivir. Y pensé, si yo pudiera contar mi experiencia, mandaría ese cuento.

Esa noche empecé a pensar sobre qué podría escribir y me propuse como un reto contar una historia sin nombrar la palabra dislexia y fue lo que hice, en el cuento nunca aparece la palabra dislexia como un justificante.

Conté la historia de una niña que va a la escuela y sufre esta discapacidad, no entiende por qué no sabe leer como el resto de sus compañeros. Tiene la suerte de contar con una familia que la comprende -ése no fue mi caso, porque en mi casa todos me querían ayudar, como la familia de mi personaje, pero no sabían cómo hacerlo. En esa época nadie sabía realmente cómo ayudarme. Nada más hacían que yo me fatigara más y yo terminaba llorando. La tarea era tema de llanto todos los días. No entendían por qué en lugar de “el” yo leía “le”. Mi personaje tiene un medio familiar favorable que cuenta mucho para el desarrollo de esa pequeña niña.

La superación de la dislexia

Entré a primero de secundaria sin saber leer. El primer día de clases de español, entró la maestra y me señaló.
-¡Tú! Empiezas a leer Platero y yo , en la página 7.
Traté de fingir que no me hablaba a mí, sino a la muchacha de atrás. Pero me volvió a decir:
-¡Tú! ¿Qué no entiendes? Empieza a leer en lo que acomodo mis cosas.
Era una maestra española que amaba la literatura y además era la maestra de teatro.

Cuando empecé a leer me regañó de un modo horrible.
-¿Qué haces aquí? ¡Te vas a primero de primaria! ¿Cómo has pasado de año si nunca has sabido leer?

Y lo que había pasado fue que tuve un hermano muy generoso quien se dio cuenta de que nunca iba a aprender a leer y se ocupó de hacer que yo me aprendiera de memoria todo lo que enseñaban en la escuela, porque pensó que de otra manera yo no iba a tener ningún futuro. Él revisaba mis apuntes que eran difíciles de descifrar incluso para él y después sacaba los libros y hacía que me aprendiera de memoria cada clase. Con eso, a la hora del examen, yo más o menos reconocía lo que sabía de memoria en los exámenes de opción múltiple. Fui pasando de año. Sin ninguna buena calificación o promedio, pero así terminé la primaria.

Mis maestros no me tomaban mucho en cuenta, más bien, no me tomaban en cuenta. Me reprobaron en segundo año, como al personaje de mi novelita. Eso para mí fue durísimo, porque perdí a mi mejor amiga quien sí pasó de año. Y además, fue la primera vez que me sentí realmente distinta. Pensaba: ¿qué tengo yo que todas mis compañeras pasan de año y yo no puedo pasar?

La maestra de español de primero de secundaria, que se apellidaba Soriano, me dijo: “Yo te voy a enseñar a leer”. Ella tenía un carácter muy firme y era muy directa y brusca. Al principio me asustaba mucho.

Cuando había que alegrarse yo trataba de interpretar lo que leía -¡qué me iba yo a alegrar!- y ella me decía:
-¡No es así! ¡Te tienes que alegrar! A ver, ¿cómo te alegras? -y es que ella era también la maestra de teatro.
De manera que cuando terminé de leer con ella Platero y yo , me dijo:
-Tu premio es que vas a ser actriz en la obra de teatro que vamos a montar.
Esa obra no la montaban en primer año de secundaria, sino en tercero. Pero yo pasé directo de ahí a tomar un papel en la obra de teatro. Porque me había enseñado a leer, no solamente bien, sino interpretando a los personajes.

La vida después de leer

Después vi la vida distinta. Me había vuelto muy disciplinada porque mi hermano me estaba esperando a que llegara de la escuela para que me aprendiera las lecciones de memoria. Entonces, después de que aprendí a leer en la secundaria no me costaba trabajo realmente sentarme a estudiar. Estaba tan contenta de que ya había descubierto el chiste de la escritura y la lectura que me sentaba a estudiar y pasé a ser, de un cero a la izquierda, pues. ¡un número a la derecha! Sacaba muy buenas calificaciones.

En esa época, en la escuela daban medallas y a fin de año tenía yo una medalla de una cosa o la otra. Para mí fue un cambio de vida rotundo. De que nadie me tomaba en cuenta, pasé a ser una alumna destacada. Y todo gracias a esta maestra que no era especialista, ni era terapista, ni sabía qué cosa era la dislexia, ni nada.

El entrenamiento que ella me dio, me enseñó a leer la frase completa con la vista, ni siquiera la pronunciaba yo. Luego me regresaba reconstruyendo el lenguaje. Lo que no entendía, trataba de recomponerlo. Cada vez más y más, hasta que fui logrando leer de corrido. Y sobre todo entender. Porque de pronto estaba tan preocupada en poner las palabras en orden que no entendía la lectura. Después, ella me enseñó a reflexionar y no sólo a eso, sino a interpretar a los personajes.

Los premios de literatura

La maestra Silvia Molina recibió el Premio xavier Villaurrutia 1977, por La mañana debe seguir gris ; el Premio Nacional de Literatura Juan de la Cabada 1992, por Mi familia y La Bella Durmiente cien años después ; el Premio Sor Juana Inés de la Cruz 1998, de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, por El amor que me juraste ; el Premio Leer es Vivir 1999, de Editorial Everest en España, por Quiero ser la que seré . Algunas de sus obras han sido traducidas a varios idiomas.

Su mensaje a quienes enfrentan el problema de la dislexia

Sobre todo a los padres, que tengan mucha paciencia y que pongan a sus hijos en manos de los especialistas. Y a los niños que no se desesperen, porque hoy es un problema que se supera muy fácilmente. Tengo una hija disléxica y no sabía lo que le pasaba. Cuando me di cuenta fui a ver a la maestra y le dije: “¡Tiene lo mismo que yo!”, toda asustada. La maestra me contestó:

-¡Ay, señora, usted ni se preocupe! Si es dislexia, la vamos a pasar con la psicóloga de la escuela.
La dislexia no se quita, pero se adquiere la capacidad de leer, y entender lo que se lee, con ejercicios.
Y a los educadores les diría que, cuando detecten a un niño con problemas, es al niño a quien más atención le deben poner. Pero una atención verdaderamente cariñosa. Porque en mi época, cuando un niño tenía problemas, como no sabían qué hacer con él, lo pasaban a la fila de hasta atrás y seguían con la clase como si no existiera.
A mí me pasó. Y no me daban ganas de esforzarme en nada porque no contaba en la escuela, porque era un problema.

Creo que lo mejor que podrían hacer los maestros, para la salud de su salón en general, para no perder tiempo y favorecer un ambiente agradable es darle una especial atención a ese niño o niña.

Sus cuentos vistos por ella misma

Me gustaría que mis cuentos fueran una diversión para niños, padres y maestros. No escribo para enseñar algo. Todo lo que he escrito ha sido para entretener. Si ya después de eso pueden sacar de la lectura algunas cosas me parece muy bien, pero mi idea original no es enseñar absolutamente nada. Pero quiero que los niños puedan imaginar, soñar, reírse; sentir ternura o cualquier otro sentimiento, y que vean que la literatura es un lugar a donde pueden llegar a divertirse.

http://www.clublectores.com/entrevistas/Silvia_Molina.htm

_____

Entre la historia y la ficción, Silvia Molina.
INFORMADOR.COM.MX
GUADALAJARA, JALISCO (10/OCT/2011).- La tradición oral que mantuvo la familia de la escritora Silvia Molina fue uno de los aspectos que marcó su vida y la llevó a caminar por la historia y la literatura. Por 35 años de trayectoria y por su cumpleaños número 65, la autora nacida en la Ciudad de México será reconocida  mañana en el Palacio Nacional de Bellas Artes.

Su trayectoria ha transitado por la novela, el cuento, el ensayo, la crítica literaria, el teatro, la crónica y la literatura infantil, para hablar de eso estarán presentes los escritores Hernán Lara Zavala, Adolfo Castañón, David Martín del Campo y Rafael Pérez Gay, quienes consideran a Silvia Molina como una de las voces más importantes de la literatura contemporánea mexicana.

El reconocimiento, que está enmarcado en el ciclo “Protagonistas de la Literatura Mexicana”, tiene contenta a la autora de La mañana debe seguir gris. “Estoy muy agradecida con el Instituto Nacional de Bellas Artes y el Conaculta –Consejo Nacional para la Cultura y las Artes- porque de pronto no te das cuenta que vas a cumplir tantos años ni que has trabajado un ratito, cuando me lo propusieron dije que era una oportunidad para festejarme algo porque yo nunca me he festejado nada, provengo de una familia en que no se festejaba ningún cumpleaños”.

Para la escritora este homenaje es una manera decirles a sus hijas y esposo que el tiempo frente a la computadora no fue en vano. Silvia Molina ha recibido importantes galardones como el Premio Xavier Villaurrutia de Escritores para Escritores 1997 y el Premio Sor Juana Inés de la Cruz 1998, que otorga la Feria Internacional de Libro (FIL) de Guadalajara.

Fuente.
http://www.informador.com.mx/cultura/2011/328248/6/entre-la-historia-y-la-ficcion-silvia-molina.htm

_____

http://www.silviamolina.com/

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: