Mi Libro de Sexto año, Lengua Nacional, Alegoría de la Patria IV.

Por la profesora Carmen Norma.

Cubierta de Jorge González Camarena.

Ilustraciones, dibujos, fotodibujos y fotografías de:

Juan Madrid, Rubén Carmona, Rafael Fernández de Lara, Elvia Gómez Hoyuela, Juan Guzmán, Manuel Montes de Oca, Manuel Romero Ortiz, Felipe Sergio Ortega, Alberto de Trinidad Solís.

1968.

_____

El gigante egoísta

Todas las tardes, cuando salían de la escuela, acostumbraban los niños ir a jugar al jardín del Gigante.

Era un hermoso e inmenso jardín, tapizado de hierba verde y suave. Aquí y allá, entre el césped, crecían flores brillantes como estrellas, y había doce albérchigos que durante la primavera florecían en delicadas corolas de rosa y aljófar, y en  el otoño se cargaban de rico frutos. Los pájaros se posaban en los árboles, y cantaban tan dulcemente que los niños suspendían a menudo sus juegos para escucharlos.

-¡Qué felices somos aquí! -se gritaban unos a otros.

Un día, el Gigante volvió. Había ido a visitar a su amigo el ogro de Cornualles, y permanecido con él durante siete años.

Al llegar, vio fue a los niños jugando en el jardín.

-¿Qué hacéis aquí? -vociferó ásperamente. Y los niños escaparon corriendo.

-Mi jardín es para mí sólo -agregó el Gigante-; todo el mundo debe comprenderlo y no permitiré que nadie que no sea yo, se solace en él.

Al efecto, levantó una tapia elevadísima y puso un cartelón:

QUEDA PROHIBIDA LA ENTRADA

BAJO LAS PENAS LEGALES CONSIGUIENTES.

Era un Gigante muy egoísta. Los pobres niños no tenían ya un sitio donde jugar. Trataron de hacerlo en la carretera; pero la carretera estaba muy polvorienta y sembrada de duros guijarros; no les gustó. Con frecuencia rondaban en torno de la tapia, al salir de clase, y hablaban del famoso jardín que había detrás.

-¡Qué felices éramos entonces! -se decían unos a otros.

Cuando llegó la primavera, toda la comarca se pobló de pájaros y flores. Sólo en el jardín del Gigante Egoísta reinaba aún el invierno. Los pájaros, como no había niños, no se cuidaban de cantar, y los árboles se olvidaron de florecer. Cierta vez, una hermosa flor levantó su cabeza por entre la hierba; pero, en cuanto vio el cartel, se sintió tan triste a causa de los niños que volvió hacia la tierra y de nuevo se durmió. Los únicos que estaban allí a gusto eran la Nieve y la Escarcha.

-La primavera olvidó este jardín -decían-, así que viviremos en él todo el año.

La Nieve cubrió la tierra con su gran manto blanco y la Escarcha pintó de plata los árboles. Luego invitaron al Viento del Norte a que pasara una temporada con ellos. Y el Viento del Norte vino. Envuelto en pieles, estuvo rugiendo todo el día a través del jardín, y derribando las chimeneas.

-¡Qué paraje tan delicioso! -dijo-. Tenemos que decirle al Granizo que nos haga una visita.

Y el Granizo vino. Todos los días, por espacio de tres horas, tocaba el tambor sobre los tejados del castillo, hasta que hubo roto la mayor parte de las tejas, después de lo cual se puso a dar vueltas alrededor, corriendo todo lo aprisa que le era posible. Iba vestido de gris y su aliento era como de hielo

-No comprendo por qué la primavera tarda tanto en llegar -decía el Gigante Egoísta cuando se asomaba a la ventana y veía su jardín, frío y blanco-, espero el tiempo cambiará pronto.

Pero la primavera no vino jamás, ni el verano tampoco. El otoño dio frutos dorados a todos los jardines, pero al jardín del Gigante no le dio ninguno.

-Es demasiado egoísta el gigante -decían.

Así, siempre fue allí invierno, y el Viento del Norte, y el Granizo, y la Escarcha, y la Nieve, de continuo danzaban en medio de los árboles.

Una mañana, estaba todavía en la cama el Gigante cuando oyó una música muy agradable. Tan dulcemente sonaba a sus oídos, que,  pensó, que debía ser el rey de los músicos que pasaba. En realidad, no era más que un jilguerillo que cantaba en la ventana; pero hacía tanto tiempo que no oía cantar a un pájaro en su jardín, que al Gigante le parecía la música más bella del mundo. Entonces el Granizo suspendió su danza, y el Viento del Norte cesó de rugir, y un delicioso aroma entró por la ventana abierta.

Me parece que, al fin, llegó la primavera -dijo el Gigante, y saltando de la cama corrió hacia la ventana.

Y vio un maravilloso espectáculo. A través de una brecha del muro habían entrado los niños, y se habían subido a los árboles. En cada árbol había un niño, y los árboles se  sentían tan contentos de tenerlos nuevamente junto a ellos, que se habían cubierto de flores y balanceaban suavemente sus brazos sobre las cabezas infantiles. Los pájaros volaban piando con deleite en torno de ellos y las flores se asomaban entre la hierva verde, y reían. Realmente era un hermoso espectáculo. Sólo en un rincón reinaba todavía el invierno. Era el más apartado rincón del jardín, y un niño se encontraba en él. Era tan pequeño, que no podía llegar a las ramas del árbol y daba vueltas en torno del tronco llorando amargamente. El pobre árbol estaba aún completamente cubierto de escarcha y nieve, y el Viento del Norte soplaba y rugía sobre él.

-¡Sube chiquitín! -decía el árbol, y bajaba sus ramas en todo lo posible; pero el niño era demasiado pequeño para subir por el tronco.

El Gigante sintió derretírsele el corazón mientras miraba.

-¡Cuán egoísta he sido! -exclamó-. Ahora sé por qué la primavera no quería venir a mi jardín. Yo subiré a ese pobre chiquitín al árbol, y después derribaré el muro, y mi jardín será siempre el lugar de recreo de los niños.

Bajó, pues, la escalera, abrió sigilosamente la puerta de la fachada y entró en el jardín. Pero cuando los niños le vieron se asustaron de tal modo que echaron todos a correr, y el jardín quedó de nuevo en invierno. Sólo el pequeñín no huyó, pues sus ojos estaban tan llenos de lágrimas que no vio venir al Gigante. Éste lo subió al árbol, y el árbol floreció, y el árbol floreció de repente, y los pájaros vinieron a cantar en él, y pequeñín echó los brazos al  cuello del Gigante, y lo besó. Y los demás niños, cuando vieron que el Gigante ya no era malo, volvieron corriendo, y con ellos volvió la Primavera.

-El jardín es vuestro desde ahora, hijos míos -dijo el Gigante, y empuñando una gran derribó el muro.

Todo el día estuvieron jugando los niños, y al anochecer fueron a despedirse del Gigante.

-Pero, ¿dónde está vuestro compañerito -preguntó el Gigante-, el niño que subí al árbol?

El Gigante lo quería más que a los otros, porque lo había besado.

-No sabemos -contestaron los niños-, se ha ido.

-Decidle  que venga mañana -dijo el Gigante.

Pero los niños dijeron que no sabían dónde vivía y que nunca lo habían visto antes; con esto el Gigante se quedó muy triste.

Todas los días, al salir de la escuela, los niños venían a jugar con el Gigante. Pero el pequeñín que el Gigante prefería no se le volvió a ver. Muy contento se sentía el Gigante. Muy bueno con todos los niños, pero echaba de menos a su primer amiguito:

-¡Cuánto me gustaría verlo! -repetía.

Pasaron lo años, el Gigante envejeció, sus fuerzas flaquearon. Ya no podía jugar; sentado en un sillón enorme miraba jugar a los niños y admiraba su jardín.

-Tengo muchas flores hermosas – decía-, pero los niños son las flores más hermosas de todas.

Una mañana de invierno, el Gigante miró por la ventana mientras se vestía. Ya no odiaba al invierno, pues sabía que era simplemente la Primavera dormida, y que las flores estaban descansando.

De pronto, se restregó los ojos; maravillado, y miró, miró.

Ciertamente que era maravilloso lo que veía. En el rincón más apartado del jardín había un árbol totalmente cubierto de flores blancas. Sus ramas eran doradas; frutos de plata pendían de ellas, y debajo estaba en pie el chiquitín a quien tanto había querido.

Lleno de alegría bajó corriendo el Gigante las escaleras y entró en el jardín. Y cuando llegó junto al niño, su rostro enrojeció de cólera y dijo:

-¿Quién se ha atrevido a herirte?

Porque en la palma de las manos del niño había huellas de dos clavos, y las huellas de otros dos clavos en sus piececitos.

-¿Quién se ha atrevido a herirte? -gritó el Gigante-; dímelo, darle muerte con mi espada.

-¡No! -respondió el niño-. Estas son las heridas del Amor.

-¿Quién eres tú? -dijo el Gigante; y con un extraño temor que se apoderó de él, cayó de rodillas ante el pequeñín.

El niño sonrió al Gigante, y le dijo:

-Tú me dejaste una vez jugar en tu jardín; hoy jugarás conmigo en el mío, que es el Paraíso.

Y cuando los niños llegaron, aquella tarde, encontraron muerto al Gigante debajo del árbol, que estaba todo cubierto de flores blancas.

Oscar Wilde (Inglés)

VOCABULARIO.

albérchigo – árbol que da un fruto parecido al durazno.

aljófar – conjunto de perlas pequeñas e irregulares.

Cornualles – condado de Inglaterra.

se solace – se divierta.

brecha – abertura hecha en la pared.

sigilosamente – silenciosamente.

flaquearon – se debilitaron.

(Páginas 151 – 156)

 

_____

Balada de los dos abuelos

Sombras que sólo yo veo,
me escoltan mis dos abuelos.

Lanza con punta de hueso,
tambor de cuero y madera:
mi abuelo negro.
Gorguera en el cuello ancho,
gris armadura guerrera:
mi abuelo blanco.

Pie desnudo, torso pétreo
los de mi negro;
pupilas de vidrio antártico
las de mi blanco!

África de selvas húmedas
y de gordos gongos sordos…
-¡Me muero!
(Dice mi abuelo negro.)
Agua prieta de caimanes,
verdes mañanas de cocos.
-¡Me canso!
(Dice mi abuelo blanco.)
¡Oh velas de amargo viento,
galeón ardiendo en oro!
-¡Me muero!
(Dice mi abuelo negro.)
¡Oh costas de cuello virgen
engañadas de abalorios!
-¡Me canso!
(Dice mi abuelo blanco.)
¡Oh puro sol repujado,
preso en el aro del trópico!
¿Oh luna redonda y limpia
sobre el sueño de los monos!

¡Qué de barcos, qué de barcos!
¡Qué de negros, qué de negros!
¡Qué largo fulgor de cañas!
¡Qué látigo el del negrero!

¿Sangre? Sangre. ¿Llanto? Llanto…
venas y ojos entreabiertos,
y madrugadas vacías,
y atardeceres de ingenio,
y una gran voz, fuerte voz,
despedazando el silencio.
¡Qué de barcos, qué de barcos,
¡Qué de negros! ¡Qué de negros!

Sombras que sólo yo veo,
me escoltan mis dos abuelos.

Don Federico me grita
y Taita Facundo calla;
los dos en la noche sueñan
y andan, andan.
Yo los junto.

-¡Federico!
¡Facundo! Los dos se abrazan.
¡Facundo! Los dos se abrazan.

Los dos suspiran.   Los dos
las fuertes cabezas alzan;
los dos del mismo tamaño,
bajo las estrellas altas;
los dos del mismo tamaño,
ansia negra y ansia blanca,
los dos del mismo tamaño,
gritan. Sueñan Lloran. Cantan.
Sueñan, lloran, cantan.
Cantan… Cantan… Cantan…

Nicolás Guillén (Cubano)

VOCABULARIO.

gorguera – adorno del cuello, hecho de lienzo plegado y alechugado. (Ver los trajes de los conquistadores españoles.

torso – tronco del cuerpo humano. Úsase principalmente esta palabra en escultura y pintura.

pétreo – de piedra.

antártico – perteneciente o cercano al polo antártico o polo sur de la Tierra.

gongos – instrumentos de percusión formados por dos discos metálicos a los que se golpea con un mazo. En español se le llama batintín.

abalorios-cuentecillas de vidrio agujereadas, con la cuales, ensartándolas, se hacen adornos y labores. (Guillén se refiere a las que los indígenas recibieron a cambio de objetos de oro.)

repujado – de repujar, labrar a martillo láminas metálicas para que en una de sus caras queden dibujos en relieve.

(página 156 – 158)

_____

El ciervo y la fuente.

Un Ciervo se miraba

En una hermosa cristalina Fuente;

Placentero admiraba

Los enramados cuernos de su frente,

Pero al ver sus delgadas, largas piernas,

Al alto cielo daba quejas tiernas.

-¡Oh dioses! ¿A qué intento,

A esta fábrica hermosa de cabeza

Construir su cimiento

Sin guardar proporción en la belleza?

¡Oh qué pesar! ¡Oh qué dolor profundo!

¡No haber gloria cumplida en este mundo!»

Hablando de esta suerte

El Ciervo, vio venir a un lebrel fiero.

Por evitar su muerte,

Parte al espeso bosque muy ligero;

Pero el cuerno retarda su salida,

Con una y otra rama entretejida.

Mas libre del apuro

A duras penas, dijo con espanto:

-Si me veo seguro,

Pese a mis cuernos, fue por correr tanto;

¡Lleve el diablo lo hermoso de mis cuernos!

¡Haga mis feos pies el cielo eternos!

Así frecuentemente

El hombre se deslumbra con lo hermoso;

Elige lo aparente,

Abrazando tal vez lo más dañoso;

Pero escarmiente ahora en tal cabeza.

El útil bien es la mejor belleza.

 

Félix María de Samaniego (Español)

VOCABULARIO.

placentero – agradable, apacible, alegre.

gloria cumplida – gloria completa.

hablando de esta suerte – hablando de este modo.

lebrel – perro que, debido a su agilidad y otras cualidades, resulta útil para cazar conejos.

a duras penas – con gran dificultad.

pese a mis cuernos – a pesar del estorbo de mis cuernos.

elige lo aparente – elige por apariencia sin que sea lo mejor.

 

(página 184)

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1 comentario

  1. perlycarmen

    Me encanta esta aportaciòn sobre los libros de texto, los amo porque me recuerdan mi infancia, ojalà pudieras subir algo de los libros de segundo, tecero y quinto año de lengua nacional. Muchas gracias.

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