Hay Ibn Yaqzan (Viviente, hijo del vigilante), de Ibn Tufail.

IBN TUFAYL

El filósofo autodidacta.

Texto de: Estefanía Farias Martínez.

 La Risala se inicia con un prólogo. Primero se plantea la diferencia entre intuición mística y conocimiento filosófico, da dos opciones posibles: los que quieren profundizar en los que han llegado a la santidad perfecta y disfrutan de la experiencia mística ; y los que quieren profundizar en el método de los que investigan la verdad por la sola fuerza de la razón. La primera opción le resulta inviable porque considera que la experiencia mística no puede ser explicada porque quedaría desnaturalizada, además considera la experiencia mística como una experiencia individual, personal no colectiva.

Toda la historia de la novela se centra alrededor del personaje principal, Hayy ibn Yaqzan. Nombre tomado de  Avicena. De este personaje nos cuenta dos versiones de su nacimiento. Una de ellas es que nació por generación espontánea.

La otra nos cuenta la historia de un rey que tiene una hermana ella se casa en secreto con Yaqzan y tiene un hijo, por miedo a su hermano le deposita en un cofre y lo deja en el mar, las olas llevan al niño a una isla desierta.

       Una vez solo el niño empieza a llorar y una gacela lo amamanta. Esta le cuida y el niño va creciendo, va sintiendo la necesidad de protegerse del frío y del calor. Se las ingenia para procurarse vestidos y alojamiento. Aprende a domesticar animales salvajes. Descubre el fuego.

    Muere la gacela y siente un profundo dolor, intenta salvarla por todos los medios. Adquiere sus primeros conocimientos sobre biología y anatomía localiza los pulmones y el corazón y concluye que murió porque algo abandono su cuerpo. Se esta planteando el problema de la vida.

   Se convierte en un gran naturalista. A los 21 años descubre que la multiplicidad del cuerpo queda reducida a la unidad por el espíritu. Estudia a todos los seres y ve que tienen características comunes y diferentes. Obtiene la idea del cuerpo con sus tres dimensiones. Una vez descubierto el reino animal, el vegetal y el mineral descubre los problemas metafísicos al observar las estrellas y llegó a la conclusión de que el cielo también estaba animado. Va subiendo los distintos grados de abstracción culmina a los 35 años con el problema de Dios. Después de la decepción que sufrió tras la observación del cuerpo decide preocuparse por el alma.

 En su concepción filosófica Ibn Tufayl se aleja un poco del contexto religioso islámico oficial, porque se plantea que la revelación no es imprescindible. El protagonista de esta obra tiende a probar que la razón humana es capaz de conseguir por si sola sin necesidad de revelación todo lo que necesita para su felicidad a través de su unión con Dios.

   Ibn Tufayl admite un principio vital independiente del cuerpo. Esta creado por Dios y se funde con el cuerpo cuando este esta suficientemente preparado. Llega un momento en que utiliza el término espíritu como principio único y unificador de la pluralidad de los órganos corporales. Va distinguiendo entre las distintas funciones corporales. En su estudio del alma humana plantea que el último grado de perfección de los espíritus corresponde a aquel que posee el mayor grado de equilibrio de todos sus elementos.

     El problema metafísico por antonomasia para Ibn Tufayl era la existencia de Dios y la posible unión con él. Dedica el resto de sus esfuerzos a descubrir la esencia del Ser Verdadero.

 Ibn Tufayl prosigue la historia. Hayy entra entonces en relación con Absal, personaje con el que se encuentra de manera providencial. Vivía en una isla vecina, en ella se había propagado una religión promulgada por uno de los antiguos profetas. En la isla había dos hombres que abrazaron esta religión. Porque eran practicantes se hicieron grandes amigos, eran Absal y Salaman. Absal profundiza en el libro sagrado y trata de interpretarlo. Salaman es literalista y abstiene de interpretarlo. Ambos siguen máximas religiosas distintas. Para Absal  a través del retiro y la soledad es posible la meditación y eso permite dilucidar los símbolos del lenguaje revelado. Para Salaman la felicidad reside en la vida en sociedad y el trato con los demás.

Absal decide retirarse a una isla desierta. Se produce un encuentro entre Hayy y Absal. En un principio se comunican por gestos. Absal le enseña las lenguas que conoce, las ciencias y la religión. Muy pronto Absal se asombra porque Hayy le descubre los secretos adquiridos durante su vida solitaria. Se establece el acuerdo entre la razón y la tradición. Desde ese momento Absal venera a Hayy. Se dedica a servirle, imitarle y a seguir sus indicaciones para alcanzar la perfección.

    Cuando Hayy conoce la religión encuentra sentido a su práctica pero no entiende que el enviado de Dios hable con parábolas y símbolos. Tampoco entiende por qué permiten los bienes no necesarios. Y empieza a desear ir a la isla de Absal para convertirles. Van a la isla habitada. El jefe de la isla es Salaman, y ha establecido como esencial para la religión, la vida en sociedad y los actos religiosos comunitarios.

Se considera ilícito el retiro. Hayy reconoce su error, no puede enseñar a la muchedumbre. Si pueden vivir con la palabra de los enviados y no desean más ha de dejarles así porque no son capaces de más. Se despiden de Salaman y vuelven a su isla. Vuelven a su retiro y Absal alcanza la altura de Hayy.

   Ibn Tufayl nos da dos expresiones de la misma verdad: una simbólica para el vulgo y otra exacta y pura para los selectos. Pero existe un retroceso en su teoría, el hombre es un ser sociable por naturaleza.

Fuente.

Filosofía org.

 Junta de Andalucía.

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Expresa Ikram Antaki que es la más admirable novela filosófica de la literatura medieval.

El protagonista: “Predicó, pero no le entendieron. Entonces concluyó: el pueblo sólo puede respetar un cierto orden social con la ayuda de una religión de mitos, milagros, ceremonias, castigos y recompensas sobrenaturales. Luego se disculpó por su intrusión y volvió a su isla y a sus animales”.

 Antaki, Ikram: “De el Banquete de Platón”, primera edición, Joaquín Mortiz, México, 2010, p. 240

 

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