Algo sobre la novela: “El tambor de hojalata”.

Preámbulo:

Oskar nace a un mundo dividido; en los años posteriores a la Primera Guerra Mundial, tanto los alemanes como los polacos viven el estado de Danzig, donde se llevan tan “bien” como los católicos y los protestantes en Belfast.

Oskar se encuentra en  mitad de una guerra de tira y afloja por controlar Danzig y, por implicación, Europa. La gente elige de qué lado está, entre los polacos o con los nazis. Mientras tanto, a su alrededor, la doble moral de los adultos es una forma de vida.  (p. 487)

Fuente.

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María Zaragoza Hidalgo y su interpretación de “El tambor de hojalata”.

Oscar Matzerath no es un niño cualquiera. Oscar Matzerath es la Alemania llena de ignorancia y resentimiento que decidió tener tres años para siempre, que decidió dejarse llevar por la musicalidad y el ritmo de los tambores y de los uniformes, que cerró los ojos y avanzó hasta verse atrapada por ella misma en un psiquiátrico con el aspecto deforme de un hombre que quiso crecer cuando ya era demasiado tarde. Aquí he de hacer un apunte que no es ni mucho menos gratuito: cuando hablo de ignorancia hablo del “no saber” y no de la estulticia.

 …

cómo pasar por alto las muertes de los dos padres de Oscar, el primero representando a Polonia, asesinado por el abandono de aquel que sólo parece un inocente niño con un tambor. Cuando Oscar se ve obligado a ver la tumba, cuando es obligado a enfrentarse a lo que le ha hecho a su padre polaco, decide crecer, demasiado tarde, y queda deforme y fragmentado, como quedó Alemania tras la guerra. El segundo padre, el que representa a Alemania, es asesinado por el propio Oscar, casi sin querer, cuando en parte queriendo protegerlo, en parte movido por la rabia, le mete en la boca el pin con la esvástica que llevaba en la solapa ante la llegada de los soldados rusos. Carambola perfecta: el padre alemán muere atragantado con el símbolo nazi por antonomasia. Alemania muere atragantada por una cruz gamada.

Alemania tras la guerra: los padres de Oscar y el mismo Oscar representan la posguerra alemana como nada antes lo había representado.

El padre polaco es débil y los soldados alemanes le pasan por encima casi sin prestarle atención. Al principio Oscar no siente nada, o quizá pretende ocultarse a sí mismo que siente algo por la muerte de su padre polaco. Después los soldados rusos entran en la bodega del padre alemán y este muere atragantado por el broche. En realidad para hablar de la posguerra este es el primer dato importante: parece como si Alemania, al descubrir la verdad, al saber qué ocurría en realidad, al conocer lo que había hecho el nazismo al que se había afiliado por necesidad sin hacer preguntas, tuviese que tragarse el orgullo, tuviese que enfrentarse a la realidad. Aquello que pretendía ser su salvación fue su perdición absoluta, el símbolo de la cruz gamada se agarra a la garganta y mata a esa antigua Alemania que necesitaba renacer.

El niño eterno que tanto trabajo se había tomado en salvar de todas las

batallas reales o cotidianas su precioso tambor de hojalata, que se había decidido a no crecer para tener derecho a tocarlo, representa a esa Alemania que no se afilió a nada, a esa parte que estaba tan sólo allí sin hacer nada, ni a favor ni en contra, y que no por ello son ni más inocentes ni más culpables, pero sí se vieron arrastrados igualmente.

 Ese Oscar se ve obligado a enfrentarse al cadáver de su padre polaco y su cuerpo no lo resiste, decide crecer en contra de su voluntad. El rito termina con el hombre deformado que resulta de esa metamorfosis lanzando a la fosa común abierta el tambor de hojalata. El cuerpo de Oscar que se había mantenido en los tres durante tantos años, se convierte en un monstruo.

Aquel niño mimado está deformado, partido como quedó la Alemania resultante,

Alemania quedó dividida por un muro de vergüenza y de cemento, recluida en Europa como una demente. Oscar cuenta su vida desde un sanatorio mental , deformado, lisiado y rechazado. Quizás Günter Grass no quiso hacer paralelismos, pero los consiguió pese a todo.

Alemania aprende de sus errores y volvió a levantarse por segunda vez en cien años para convertirse en la que es sin duda la primera potencia económica europea. Me pregunto si Günter Grass sueña con Oscar Matzerath saliendo de su encierro en el sanatorio siendo un hombre normal. Si las nuevas tecnologías y la cirugía le darían un nuevo aspecto y lo convertirían en un hombre normal, incluso un hombre de éxito. Y lo sueñe o no, ese sería un Oscar probable.

 Fuente, página 23.

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Mario Vargas Llosa expresa en el prólogo del libro, que:

Si hay un mensaje simbólico encarnado en la peripecia histórica que relata Óscar Matzerath, ¿cuál es? Que, a los tres años, por un movimiento de la voluntad, decida dejar de crecer, significa un rechazo del mundo al que tendría que integrarse de ser una persona normal y esta decisión, a juzgar por los horrores y absurdos de ese mundo, delata indiscutible sabiduría. Su pequeñez le confiere una especie de extraterritorialidad, lo minimiza contra los excesos y las responsabilidades de los demás ciudadanos.

Desde ese margen en el que su estatura insignificante lo coloca, Óscar goza de una perspectiva privilegiada para ver y juzgar lo que sucede a su alrededor: la del inocente. Esta condición moral se transmuta en la novela en atributo físico: Óscar, que no es cómplice de aquello que ocurre en torno suyo, está revestido de una invisible coraza que le permite atravesar indemne los lugares y situaciones de más riesgo, como se hace patente, sobre todo, en uno de los cráteres del libro: la defensa del correo polaco de Danzig. Allí, en medio del fragor de la metralla y la carnicería, el pequeño narrador observa, ironiza y cuenta con la tranquila seguridad del que se sabe a salvo.

Igual que la imposible combinación de los dos tótems intelectuales de Óscar —Goethe y Rasputín—, su voz es una anomalía, un artificio que imprime al mundo que describe —mejor dicho, que inventa— un sello absolutamente personal.

Y, sin embargo, pese a la evidente artificialidad de su naturaleza, a su condición de metáfora, el enanito que redobla su tambor y nos relata el Apocalipsis de una Europa desangrada y descuartizada por la estupidez totalitaria y por la guerra, no nos comunica una animadversión nihilista hacia la vida. Todo lo contrario. Lo sorprendente es que, al mismo tiempo que su relato es una despiadada acusación contra sus contemporáneos, rezuma una cálida solidaridad hacia este mundo, el único que obviamente le importa.

Aunque el punto de vista es tercamente individual, lo colectivo está siempre presente, lo cotidiano y lo histórico, menudos episodios intrascendentes del trabajo o la vida hogareña o los acontecimientos capitales —la guerra, las invasiones, los pillajes, la reconstrucción de Alemania—, si bien metabolizada por el prisma deformante del narrador. Todos los valores en mayúscula, como el patriotismo, el heroísmo, la abnegación ante un sentimiento o una causa, al pasar por Óscar, se quiebran y astillan como los cristales al impacto de su voz, y aparecen, entonces, como insensatas veleidades de una sociedad abocada a su destrucción.

A diferencia de su gran versatilidad estilística, llena de brío inventivo, la estructura de la novela es muy sencilla. Óscar, recluido en un sanatorio, narra episodios que se remontan a un pasado mediato o inmediato, con algunas fugas hacia lo remoto (como la risueña síntesis de las diversas invasiones y asentamientos dinásticos en la historia de Danzig).

Danzig rivaliza con Óscar Matzerath como protagonista del libro. Este escenario se corporiza con rasgos a la vez nítidos y escurridizos, pues, como un ser vivo, está continuamente cambiando, haciéndose y rehaciéndose en el espacio y en el tiempo.

 Fuente.

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 el-tambor-de-hojalata2.JPG

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