El pájaro Puhuy, leyenda Maya.

No es raro si le alcanza a alguien el crepúsculo yendo por los caminos del Mayab, que son como venas blancas entre la maleza y las frondas de aromas y sombras, le salga al paso con su singular y estridente grito un pájaro que se posa justo donde va a pasar.

Y se queda ahí, esperando al caminante.

Disfruta mirando su sobresalto; y cuando lo ve acercarse, lanza otro grito vuela de nuevo y más adelante se para en el camino.

Sabe que el caminante no va a detenerse, y vuelve a interrumpir con su grito los cantos monótonos de los grillos.

Así lo hace una y otra vez.

Entrada la noche, después de acompañarle un rato, se posa a unos palmos de sus pies antes de levantar el vuelo, como despidiéndose, y luego se aleja con un grito que apaga el ruido de sus alas.

Este pájaro en realidad es tímido para mostrarse de día; le da pena, porque está vestido con un traje que no es el suyo.

Su nombre no se puede olvidar, porque lo dice con su grito, que es inconfundible:

“¡Puhuy! ¡Puhuy!”

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Su plumaje tiene muchos colores y cada color trae a la mente a un pájaro distinto.

Lo que sucedió fue hace mucho, mucho tiempo.

Cada ave tenía su casa en su lugar preferido, pero a veces surgían malentendidos y algunas insistían en tener razón y en no querer ponerse de acuerdo con las demás.

Por eso el Gran Señor dispuso que se reunieran todas, para elegir a una que pusiera orden y se retornara a la armonía original.

Cada ave pensó que por sus virtudes podría ser la elegida.

Hubo una que se veía meditabunda y sombría. Era el Pavo Real, que se observó y pensó que tenía buena presencia: cuerpo grande, cuello esbelto y andar airoso; su voz era clara y fuerte, pero no tenía buen plumaje.

De hecho, poseía escasas plumas grises y opacas. Analizó su caso y, como era ambicioso, pensó que con sólo cambiar de plumaje tendría el éxito asegurado.

Entonces se le ocurrió hacer un trato con un amigo suyo de mucha confianza: el modesto y vistoso pájaro Puhuy, cuyas plumas relucían bajo el sol y parecían de plata y zafiro en los plenilunios.

El pájaro Puhuy aceptó. Le prestaría sus plumas al Pavo Real para que fuera elegido gobernador de las aves y a cambio sería su consejero principal y le serían devueltas sus plumas.

Finalmente, el Pavo Real fue elegido principal de la aves. El pájaro Puhuy, ausente de la asamblea, esperaba en su refugio bajo un frondoso tulipán, pues sin plumas en las alas y la cola no podía volar.

Esperó y esperó durante días y días al Pavo Real, que jamás volvió a verlo.

El pequeño Puhuy comprendió que su amigo lo había embaucado.

Avergonzado y triste quiso sobreponerse, y comenzó a pedir plumas a las demás aves para formarse un nuevo traje. Todas le cedieron por lo menos una. Por eso su plumaje se volvió multicolor.

Pero el Gran Señor Zamná se dio cuenta de lo que había pasado. Reprendió al Pavo Real, y aunque le permitió conservar el plumaje y su donaire, lo privó de su voz armoniosa, con la cual embelesaba a quien se detenía a escucharlo. Y dispuso que las desavenencias entre las aves las arreglara el Espíritu del Aire.

El pájaro Puhuy pudo volar de nuevo y alcanzó la cima no sólo de los árboles bajos, sino de la gran ceiba, o yaaxché, a la que antes no se atrevía a llegar. Su voz se hizo más aguda, y se le dio el don de cuidar los pasos de los caminantes al ocultarse el sol.

(texto sintetizado)

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Centeno Canal, Maria Esther: “Fabulosas leyendas Mayas”, 1ª edición, Editorial Delfín, México, 2010, 93 p.

 

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El cuento en: La Edad de Oro.

 El cuento en: Canto en Flor.

Un cuento distinto del tapacamino en: Cultura viva.


 

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