Los Medios: ensayo de Ikram Antaki.

Los griegos afirmaban que los tres niveles del discurso -demostrativo, dialéctico y retórico-  corresponden a tres categorías de hombres:

1) aquellos (poco numerosos) capaces de acceder al conocimiento demostrativo;

2) un grupo mayor de hombres que, sin certidumbres auténticas, aceptan u ofrecen varias soluciones posibles para cada interrogante (procedimiento común del discurso dialéctico); y

3) aquel conjunto de individuos (la gran mayoría) a los que se dirige el discurso retórico. Este último grupo es el que determina y sobre el cual actúa, obviamente, nuestra idea moderna de igualitarismo. Es asimismo el campo propicio para todas las demagogias.

La democratización de la información se da siempre en un nivel bajo, uno más alto excluye necesariamente a la mayoría de los individuos y es, por ende, no democrático.

Pero los medios permanecen necesariamente en el nivel de la retórica encantadora que, con algo de arte, convence a los hombres tanto de una verdad como de su opuesto. Dicha democratización de la información está destinada a un grado primario del pensamiento y es, consecuentemente, la puerta abierta a todas las demagogias.

El debate pública se ha vuelto indigente; la razón de tal pobreza es, paradójicamente, la mayor conquista de la modernidad, esto es: la democratización de la información. Sabemos más, pero nuestro saber no es más confiable.

¿Acaso la democratización de la información es un peligro para la democracia misma? Los medios masivos de difusión son un canal abierto a la expresión democrática, pero no deben ocupar todo el terreno de la práctica democrática. El terreno de la opinión es el lugar propicio para el surgimiento de reacciones desmesuradas. Estas reacciones pretenden ser portavoces de la voluntad popular, sin tomar en cuenta que una voluntad de esta naturaleza, en cuanto se desborda, pone en peligro todo orden democrático.

En el orden social democrático, un dirigente político depende de la sanción del voto; un académico depende de la sanción de los estudios y los exámenes, y un intelectual depende de la creación de una obra. Sin embargo, en lo tocante al nuevo poder de los medios no existe nada que los determine previamente.

Frente al micrófono o las cámaras, el locutor adquiere al instante la fuerza casi ilimitada de un formador de opinión. Tras él aparecen dos pilares: el poder de la tecnología y la voluntad del propietario (el poder económico); queda fuera cualquier garantía de calidad moral o intelectual, lo que, en consecuencia, pone en jaque a los instrumentos del orden democrático.

El nuevo poder destruye aquel “contrato social” ponderado por los regímenes democráticos modernos. Los medios masivos no lucha con las mismas armas que las instituciones de la república. Éstas, antes de actuar, presuponen el lento proceso de la investigación y la reflexión, una distancia lo más objetiva posible, contrariamente, los medios masivos sólo buscan repercusiones inmediatas, efectos instantáneos, que apelan a las zonas del instinto y de las pasiones, que suscitan una cercanía emotiva. Es el triunfo de lo momentáneo, de lo efímero y lo desechable.

Es innegable que la democratización de la información ha permitido una mayor difusión del conocimiento, la ampliación de los márgenes de la libertad y justicia, y el descrédito de algunas verdades falsas; pero el poder de los medios consagra la noción de “masa” en contra de la de “pueblo”, del conglomerado anónimo sobre el individuo responsable; es el triunfo del artificio. Desaparece la frontera entre la vida pública y la vida privada, como desaparece el reino de lo absoluto, clausurado por la ley de las circunstancias.

No existe la llamada “legitimidad” del cuarto poder; en nombre de la legitimidad, de la libertad de expresión, de la lucha contra la censura, los medios están nadando en plena impunidad. El periodismo no tiene, ni ha tenido jamás, los instrumentos intelectuales ni la distancia jurídica para cobijar sus pretensiones; el temor al bastón no puede seguir siendo su único criterio.

Hoy, los medios deciden lo que merece existir o lo que puede caer en el olvido; el cine, el deporte, la guerra o la emoción sólo existen a través de ellos. Han tomado los lugares antaño ocupados por las instituciones formadoras, como son la escuela, el ejército, la religión, los sindicatos, los partidos y los parlamentos.

Estamos asesinando al método demostrativo; en un medio electrónico sólo nos queda, en dos minutos, la posibilidad de señalar una idea, jamás de desarrollarla.

El público no tiene el derecho de saberlo todo; tiene el derecho a saber lo que atañe a la administración pública, no las tragedias personales de los hombres públicos.

Es Estado se ha transformado en seductor. El espectador del Estado hace al Estado. Este impulso comunicador marca el paso de una entidad educadora a una entidad encantadora. El Estado productor propone, el difusor mediático dispone, y los asuntos públicos se coadministran por parte de una pareja Estado-medios que fabrica en conjunto los eventos a costa de la acción política misma.

La democracia es demostrativa, no mostrativa; la consulta general es una invitación a la reflexión. Esta sobreexposición de la democracia a las técnicas nuevas es una limitación, no un crecimiento. Corremos el riesgo de pasar de un régimen político con pretensiones democráticas a una nueva tiranía.

(Texto resumido)

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