La Soledad: ensayo de Ikram Antaki.


El diccionario dice hoy: “situación de una persona que está sola de manera momentánea o duradera”. Del latín solitud, en 1213 designaba “es estado de un lugar desierto”. No hay ninguna huella humana en la definición, no se refiere a la naturaleza del hombre; la soledad era un lugar, punto. A finales del medievo, la palabra toma su sentido actual, el hombre se revela a la soledad.

Pasamos de un mero lugar inicial a la situación objetiva de un ser, a un sentimiento; primero el lugar, luego el hombre en este lugar, por último un sentimiento en el hombre.

La historia de la soledad ha penetrado al individuo, el sentido de la palabra se ha invertido, se ha vuelto sinónimo de desgracia, enemiga de los hombres cuando antes era su aliada, se iba a buscarla para el florecimiento espiritual o intelectual.

El adjetivo “solo” existe desde 1080, nos recuerda “aislado”, “abandonado”, “solitario”, etcétera, pero también podía significar “único”.

Antaño el solitario era un recluido, no un excluido; el aislamiento correspondía a la voluntad deliberada del que lo vivía; estos solitarios eran anacoretas, ermitaños, sabios.

Al final del siglo XVIII, la reclusión se presenta como una exclusión, la reclusión se vuelve criminal; el término aparece desde el año 1270, viene del latín reclusio, que significaba apertura … el antónimo de soledad.

Fue necesario algún tiempo en la evolución de la historia y de las ideas para que las palabras aislamiento y exclusión se asociaran. La revolución de las palabras es signo de una revolución de las ideas y de los eventos.

La soledad se observa desde afuera por lo que la hace diferente, sin embargo, es un fenómeno cultural propio, global y autónomo. Esta diferencia de percepción puede explicarse así:

1) la soledad de las comunidades antiguas no era tan omnipresente;

2) la soledad escapa a la historia, pero es parte del fondo de la humanidad, la parte indescifrable de la condición humana. No importa que los sociólogos digan: “en realidad nunca estamos solos”, el hecho es que el individuo tiene a veces el sentimiento de ser abandonado por la colectividad; este sentimiento, vivido como una ruptura, llega a veces al suicidio.

Nacer al mundo es nacer a la soledad. La edificación del yo y la edificación de la soledad son  una misma cosa, ser perpetúa el recuerdo de un corte original.

Para no comprenderse hay que ser cuando menos dos; la soledad es una perturbación de la  comunicación.

Ser uno mismo es estar solo desde el nacimiento. Existe el deseo de libertad; libertad y soledad son dos nociones fundamentales, actitudes fundadoras para la filosofía contemporánea. Existir es existir solo, y esto es algo que la filosofía clásica no parecía comprender: la absoluta singularidad de la existencia individual.

Es entre los demás donde aprendo que soy diferente de ellos; sólo puedo esperar volverme yo mismo, por mi relación con el otro que me permite descubrir mi singularidad. Soy diferente de los otros hombres, los otros me han ayudado a tomar conciencia de ello, me obligan a aceptar esta diferencia. No es lo mismo saberse solo que sentirse solo, la soledad es el hecho de que hay otros seres. Nuestra soledad existencial nos obliga a un heroísmo de cada instante.

Rousseau fue el primer solitario moderno, con él la soledad se interioriza; fue el primero en quejarse de ella, en considerar que le ha sido impuesta. Para él, el ser humano no está hecho para vivir solo, no podría existir fuera de la sociedad.

Hay representaciones culturales de la soledad: el Quijote de Cervantes, aislado, burlado, se ha vuelto loco a fuerza de leer; también solitarios eran el Fausto de Goethe y el Otelo de Shakespeare.

La Gioconda es el personaje pictórico más conocido mundialmente, tiene en común con Van Gogh su soledad.

Robinson Crusoe es el modelo del mito de la soledad: durante 28 años combate mentalmente la desesperanza y su propia voluntad de aniquilamiento. Robinson deja de “simplemente existir” sobre su isla a partir del momento en que decide vivir en ella, reinventa toda la sociedad él solo y reafirma la vocación social del hombre.

El hombre es un ser de soledad que lleva una vida de animal social; la soledad funda la sociedad que borra las huellas de esta soledad o la metaboliza; el individuo no logra jamás curarse de ello.

Las soledades de ayer no se parecen mucho a las de hoy. Los ermitaños eran pocos, los solitarios de hoy son muchos … es la consecuencia del individualismo. Aquellas soledades tenían sentido, éstas no. El solitario de ayer era élite, sabio o santo, debía alejarse de un mundo vulgar; las soledades de hoy no son singulares, ni escogidas, no elevan, sólo sufren.

(Texto resumido)

Fuente:

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