La razón: ensayo de Ikram Antaki.

¿Qué hacer para que las relaciones entre los hombres sean regidas por la razón? Esta preocupación nació de la necesidad de eficacia en el campo político, y acabó por ser la obligación de verificación experimental en el campo de la ciencia, utilizando el espíritu crítico como instrumento.

¿Acaso la razón es inherente al pensamiento? No. La humanidad creó, en un momento de su historia, un género desconocido hasta entonces, que es el pensamiento racional. Se puede hablar de una “invención de la razón”.

 En el siglo V a.C., Grecia se encuentra dividida en pequeñas ciudades que comparten elementos culturales pero que son rivales entre sí. Sus colonias quieren la independencia, la tradición no basta porque aquellas colonias no la comparten; tampoco basta el argumento de autoridad. Entonces Atenas inventa la democracia, que se define esencialmente por la igualdad.

La democracia ateniense se vuelve un modelo, y la importancia de la palabra gana en toda Grecia. La palabra es una techné, un saber aplicado, que se aprende. Para convencer, hay que saber hablar; esto dio nacimiento a una profesión: los institutores (maestros). Estos maestros se llaman sofistas.

En todas partes se abren escuelas de elocuencia, que se vuelven escuelas de política. A los sofistas se oponían la tradición religiosa, Esquilo, la vieja concepción del mundo.

Entonces aparece un extraño personaje: Sócrates, quien desarrolla una violenta crítica, a la vez, contra la tradición y contra la sofística. Sócrates inventa “el concepto” y pone a todo el mundo en contra suya, porque destruía sus certidumbres.

Platón procede a la refutación sistemática de la democracia y muestra que no hay ninguna razón para que la mayoría tenga la razón. Por medio de un juego de preguntas y respuesta arma un dispositivo de argumentos con rigurosas etapas de desarrollo. Este arte del diálogo se llama dialéctica. La dialéctica se opone a la técnica retórica del sofista, distingue entre “persuasión” y “convicción”, y busca crear certidumbres duraderas en el interlocutor.

La universalidad es el resultado de los acuerdos que resultan del diálogo. El discurso de construye y el tema se agota; así es como se logra el acuerdo alrededor de una categoría mayor: la universalidad. Se trata de construir un discurso tan bien argumentado y verificado que cada quien está obligado a estar de acuerdo si tiene buena fe.

Ahí existen dos dimensiones, una teórica  y otra práctica. La teórica corresponde a un discurso que provoca una aprobación; la práctica emite la exigencia de comportarse según este discurso. Esto consiste en lograr una armonía entre la manera de pensar y la manera de conducirse. El objetivo era formar hombres de poder capaces de hacer cesar la guerra.

Así es como se logró constituir una estructura mental propia de Grecia y, luego, de todo Occidente.

Existe aquel que utiliza la palabra de una manera únicamente pragmática, como si ésta fuera un martillo; no construye un discurso que requiere de la adhesión de los demás. ¿Qué hacer con él? Hay que oponer algo a este desprecio por el discurso, pero ¿cómo?; construyendo otra categoría y otro concepto: el de la Verdad.

Los griegos inventaron la razón, una manera de construir la reflexión que tuvo efectos considerables en la transformación de la humanidad, y sufrieron resistencias. Estas resistencias vinieron de la religión.

Platón constata que la democracia a menudo se equivoca cuando transforma la mayoría en universalidad; entonces, piensa en construir un discurso universal capaz de juzgar a todos los demás discursos y conductas. Ahí aparece el riesgo de un discurso totalitario. El riesgo opuesto será la libertad y la razón.

 La razón fue inventada en Grecia en el siglo V a. C.; este invento fue formalizado por Platón, con el invento de la hipótesis de las Ideas. El discurso universal es un conjunto de enunciados coherentes, bien compuestos, legitimados en cada etapa de su desarrollo, que todo individuo de buena fe debe aceptar. El obstáculo estriba en la presencia de aquellos que no se interesan en este discurso y sólo toman la palabra como un medio para difundir información. El discurso no es vacío, sino que corresponde a una realidad: la de las ideas.

El hecho es que el éxito de la racionalidad llevaba en él su propia crisis, porque la razón no puede dejar de cuestionarse a sí misma después de cuestionar el mundo. Platón creía en la mejoría del género; pero no se constata ninguna mejoría. ¿Acaso debemos considerar a la razón como mentirosa, elitista o escolar? No; sólo debemos reconocer que la razón no ha alcanzado aún la edad de la razón.

Fuente.

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