La evidencia inmediata del otro, ensayo de Ikram Antaki.

Para el niño, la primera otredad es la de sus padres, no la del mundo; para la humanidad, la tendencia inicial y espontánea del pensamiento es el fetichismo que consiste en suponer a los cuerpos exteriores, aún los más inertes, como animados de pasiones y de voluntades análogas al ego. El primer extranjero, el primer no yo, es el otro yo, el álter ego: el primer ser verdadero fuera de él que descubre el pensamiento no es la sustancia material, sino dios.

Dios es el primer no yo, el primer extranjero; a pesar de ser infinito, es como segundo. Tenemos tres grados de otredad: primero dios, luego los demás creados por él, por fin la exterioridad especial del mundo sensible. La perspectiva se transforma; ya no nos preguntamos si hay en un mismo mundo material varios egos. Igual esta pluralidad se vuelve condición de la consistencia del mundo. Yo y el otro no somos sólo espíritus, aparecemos el uno al otro en el mundo, el otro es como yo: hombre con un cuerpo. No soy puro espíritu, experimento en mí la realidad de la naturaleza, me basta con revertir el proceso, instituir un efecto de espejo para representarme el otro; cuando él se acerca del otro lado de esos ojos que me miran, de este sonrojamiento que traiciona una pena y esta palidez que acompaña una ira, da paso a lo visible: la conciencia del otro me es dada en mi exterioridad.

El álter ego es un ego como yo, se debe reconocer como yo me reconozco, pero mi conciencia del ser del otro no es nunca la conciencia que el otro tiene de sí mismo: me es inaccesible para siempre.

El pensamiento del otro jamás se me da de manera directa; no es mentira, estoy segura que no miente. La posibilidad de la mentira consiste en no lograr conformar el lenguaje del otro a su verdadero pensamiento; su lengua será en todo momento para mí la imagen del original siempre distante. Cuando el otro me dice “te quiero”, aun si no miente, nuestras certidumbres son para siempre incomparables; tengo que contentarme con el discurso.

Los celos consisten en buscar en el otro la huella, el signo de lo inaceptable, en querer asir lo inasible. Aun cuando el disimulo del otro, o mi confianza, o mi costumbre me protegen, aparecen los signos de lo inasible, de la otredad, de la infinita capacidad de escapar que es el otro; es la universalidad y la infinidad de un ser que desborda siempre todo lo que yo podría asir y fijar.

Fuera de toda intención de disimular y de mentir, el otro se constituye como secreto. Descartes nos recuerda que el otro es justamente el paradigma de todo secreto, porque la naturaleza, aun cuando escapa a nuestro conocimiento, esencialmente no tiene secretos. Sólo una interioridad puede ser un secreto.

Cada cual es como un semáforo que emite un número infinito de mensajes y sin embargo, la inadvertencia y la ignorancia de los demás parecen evitar que seamos públicamente desnudados. Basta con que el otro sea observador para leer en mí como un libro abierto; a la vez me basta con estar atento para descubrir sus pensamientos. El otro puede incluso conocerme mejor de lo que yo me conozco.

La mirada que poso sobre el otro, la que el otro posa sobre mí, tienden a imponer límites. Esta mirada cambia: lo accidental es esencial, la complejidad es simple calificación, se compone siempre una imagen a partir de los rasgos fragmentarios; a partir de una secuencia de fotos el otro me identifica con un personaje en el no me reconozco pero que acaba de pasar sobre mí; puedo ser otras cosa que lo que el otro ve en mí, parece que sólo tengo opción entre conformarme a la imagen que él se hace de mí, tomar el personaje que ha compuesto como un destino y al otro como profeta, o ingeniármelas para escapar, actuando para sorprender, engañar sus previsiones. El personaje que el otro ha compuesto se vuelve mi única referencia, ya sea que me conforme a él o que trate de escapar.

El conocimiento del pasado del otro y de su carácter no bastan, pues aunque piense al otro como enteramente determinado, esta determinación jamás será equivalente a la de la naturaleza material.

Aun si no comprendo al otro, su deseo, su amor o su odio, su esperanza o su temor a propósito de tal cosa que a mí me es indiferente, sin embargo, la esencia de esas pasiones es la mía, como si hubiera un patético y escandaloso fondo de identidad.

Si la tragedia y la novela logran interesarnos y emocionarnos, es que hay identificación: la literatura es un viaje que muestra un momento de identidad y de comunidad, me enseña que el otro podría, hubiera podido ser uno de mis destinos.

La trama de los sentimientos es idéntica en todo hombre, toda la diferencia consiste en su dirección y en los objetos sobre los que se fija.

Hay una paradoja: el otro es a la vez aquel que yo respeto como un ser inteligible, respetando en él la razón y toda la humanidad, y sin embargo, el otro puede dañar. Hay presencia del otro como ser inexistente, sensible, y hay una idea del otro. La piedad inmediata se ejerce hacia el primero, el respeto hacia lo segundo, respeto a todo ser humano aunque como individuo sensible no sea respetable: alcanzo lo singular a través de lo universal. Aquí corro el riesgo de la abstracción: puedo amar a la humanidad, pero no al hombre real; puedo tener respeto por la idea del hombre y absoluta indiferencia hacia el sufrimiento del hombre singular.

(texto resumido)

Fuente.

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