Olvídate de El Álamo, de Rafael Trujillo VII.

La conquista de Texas, no fue obra de los tejanos, sino de los angloamericanos. Así lo reconoce francamente Lewis Nordyke, en su obra “The Truth About Texas” (“La Verdad Acerca de Texas”). “Si dijéramos –como lo hizo un ex residente de Kansas cuando fue electo gobernador de Texas- que ni un solo tejano murió en El  Álamo, nos mirarían con incredulidad hasta que comprendieran que cuando se registró el pequeño episodio de El Álamo, Texas era apenas una criatura chillona. La mayoría de los tejanos por nacimiento, estaban todavía chupándose los dedos”. (p. 121)

 

Cuando las tropas mexicanas estuvieron listas para el ataque, Santa Anna intimó a los defensores de El Álamo a rendirse. Bowie por su parte, y Travis por la suya, enviaron, el uno a Benito Jameson a entrevistar a Santa Anna, y el otro a Albert Martin a conferenciar con Almonte. Bowie, al firmar su nota para Santa Anna, después de escribir como antefirma el lema “Dios y la Federación Mexicana”, tachó las palabras “Federación Mexicana”, y escribió en su lugar “Dios y Texas”. Esto indignó a Santa Anna. Martin conferenció durante una hora con Almonte, quien después de aclarar que carecía de instrucciones de su gobierno, dejaba entrever que si los sublevados deponían las armas y juraban no volver a tomarlas contra el Gobierno de México, se les respetarían sus vidas y propiedades” (Lord –obra citada).

 

Travis decidió contestarle a Santa Anna con un cañonazo, y de ello se jactó al dirigirse “Al Pueblo de Texas y a Todos los Americanos del Mundo”. “Estoy sitiado –decía- por mil mexicanos o más al  mando de Santa Anna. He sostenido un continuo bombardeo y cañoneo durante 24 horas, sin perder un solo hombre. El enemigo a demandado que nos rindamos a discreción; que de lo contrario la guarnición será pasada a espada, al tomar el fuerte. Yo contesté la demanda con un cañonazo, y nuestra bandera ondea aún orgullosamente sobre estos muros. Jamás me rendiré ni retrocederé. Por lo tanto me dirijo a todos ustedes en nombre de la Libertad, el patriotismo y todo lo que le es amable al pueblo americano, urgiéndoles que acudan en nuestra ayuda con toda prontitud. El enemigo está recibiendo refuerzos diariamente, y (sus soldados) aumentarán a tres o cuatro mil en cuatro o cinco días. Si no se atiende este llamado estoy resuelto a sostenerme tanto como me sea posible y a morir como un soldado que no olvida lo que le debe a su honor y al de su patria. Victoria o muerte”. (p. 194 y 195)

El 10 de febrero había en El Álamo 142 hombres, de los cuales, según afirma Lord en su obra citada, “sólo dos residían en Texas desde hacía seis años; los demás eran en su mayoría recién llegados de Estados Unidos, ya bien como soldados regulares o como voluntarios”.

El ataque se inició con un constante bombardeo sobre El Álamo. Las infanterías, protegidas por la caballería, avanzaban; pero los sublevados llevaban la ventaja de sus parapetos. Cada soldado tejano tenía a su lado cinco rifles cargados, y hacían llover las balas sobre los mexicanos.

 

Desde el viernes 26 empezó a soplar un viento helado del norte, que arreció el sábado 27. El domingo 28 empezó a llover. Los sublevados se cubrían con mantas y encendían hogueras. Si ellos sufrían tanto, es fácil imaginarse cómo sufrían los mexicanos que avanzaban a campo raso. (p. 197)

 

El sábado 5 de marzo cesó por la tarde el fuego en las líneas mexicanas. Soplaba un viento helado y los defensores de El Álamo que –al decir de Tinkle- no habían sufrido ni una sola baja, se hallaban exhaustos y la pólvora empezaba a escasear.

 

Por la noche, el general Santa Anna dispuso el asalto para las 4 de la mañana del domingo 6, encomendándole la columna de vanguardia al general Cos, quien atacaría por el sur; el coronel José María Romero por el Oeste; el coronel Francisco Duque comandaría otra columna de infantería por el norte, en tanto que el coronel Juan Morales avanzaría con su columna por el oriente. Los cuerpos de caballería que protegerían al avance de los infantes quedaron a las órdenes de los generales Ramírez y Sesma. Santa Anna se apropió el mando de las reservas y los batallones de ingenieros.

 

La batalla fue terrible. Los mexicanos, con veintiocho escalas, asaltaron los muros. Los que caían bajo el fuego de los filibusteros, eran inmediatamente substituidos por más y más soldados. El ataque fue simultáneo por los cuatro lados. El coronel Duque murió en el primer asalto. Mientras unos escalaban los muros y otros infantes avanzaban, la artillería mexicana hizo caer a muchos de sus propios hombres. Así lo dijo más tarde Filisola, calculando que cayeron más mexicanos bajo sus propias balas que bajo balas enemigas.

 

En medio del estruendo ensordecedor de la batalla, los infantes al mando del general Juan Amador saltaron por encima del muro interior del fuerte por el lado norte. Eran las seis de la mañana. Los mexicanos se desprendían desde lo alto de los muros y se empezó a pelear a golpes de bayoneta, a culatazos y cuchilladas. David Crockett recibió un balazo en un brazo. Un cañonazo derribó la puerta y las tropas mexicanas irrumpieron batiéndose bizarramente.

 

Travis cayó abatido sobre su propio cañón. Se le encontró un solo orificio en la cabeza …

 

David Crockett también cayó batiéndose desesperadamente, apretando su rifle “Old Betsy” que un día le regalaron “los jóvenes de Philadelphia”. En derredor de su cadáver yacían 16 mexicanos, uno de ellos con el pecho atravesado con el puñal de Crockett.

 

Los filibusteros supervivientes se refugiaron en la capilla donde se habían ocultado las mujeres. Allí se registró el último acto del drama. Allí cayeron Bonham, Almeron Dickinson, Gregorio Esparza y Jacob Walter. Allí también terminó Jim Bowie su vida aventurera. La tuberculosis le había convertido en un espectro. Densamente pálido yacía en su camastro, pero tenía a su lado las dos pistolas que habían pertenecido a David Crockett, y más cerca su famoso cuchillo. Al ver entrar a los mexicanos y acercarse al rincón de la capilla donde él se hallaba, abrió fuego, haciendo caer  a muchos soldados mexicanos al cruzar la puerta.

 

El mayor Robert Evans pretendió prender fuego a un magazine de pólvora que pudiera haber volado la capilla donde se hallaban siete mujeres y varios niños; pero una bala le detuvo en el momento mismo en que avanzaba sobre el magazine con una tea.

 

Esta síntesis de la batalla final, cuyos datos hemos tomado del libro de Tinkle, prueba que los defensores de El Álamo murieron combatiendo, y no asesinados después de haberse rendido. No hubo rendidos ni supervivientes.

(p. 199 a la 201)

 

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Trujillo Herrera, Rafael: “Olvídate de El Álamo”, Ensayo Histórico, primera edición, Populibros La Prensa, México, 1965, p. 262

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