Olvídate de El Álamo, de Rafael Trujillo VI.

 

Si la agitación de Texas era una misión confiada a Houston: si oficialmente el gobierno americano se declaraba ajeno a aquel movimiento, el hecho es que el plan de despojar a México de la provincia de Texas sacudía de entusiasmo a todo el país americano. Se celebraran reuniones y manifestaciones, se hacían colectas públicas y se reclutaban soldados. De Nueva York, Philadelphia, Boston, Nashville, Lexington, Natches, Nueca Orleáns y otros muchos puntos, se enviaban a Texas hombres, dinero y provisiones. Muchos voluntarios emprendían el camino en pequeños grupos; pero en otras partes –Lousiana, Mississippi, Alabama, Missouri, Tennessee, Kentucky- se formaban compañías completas. Como se ve, no fue la de Texas una sublevación local de veinte o treinta mil colonos, sino un movimiento militar en el que participaron todos los Estados que entonces componían la Unión Americana. (p. 132)

                                                           

Cuando Austin sometió la causa de Texas a la protección de un Dios justo, ignoró la advertencia de Jefferson: “Tiemblo por mi país cuando reflexiono que Dios es justo y que su justicia ha de manifestarse algún día”. (p. 137)

 

La movilización de tropas, ya no sólo las que organizaban los colonos de Texas, sino las que entraban sin cesar procedentes de Estados Unidos, era bien conocida por el gobierno de México. No existía un estado de guerra entre México y Estados Unidos, que impusiera los principios reconocidos por el derecho público. No existiendo un estado de guerra entre México y los Estados Unidos, los colonos sublevados y las tropas de “voluntarios” que aumentaban sin cesar, aunque unos y otros procedían de Estados Unidos, no podían considerarse de otra manera que como sediciosos los unos y filibusteros los otros. Por consiguiente, no representando los sublevados país alguno en beligerancia con México, el Gobierno no podía aplicarles las leyes de guerra. En consecuencia, dictó órdenes de perseguir a los alzados sin país y sin causa justificada, como bandoleros. Pero como aquellos sublevados no eran mexicanos, sino individuos extranjeros, la orden girada a las fuerzas militares, disponía que todo extranjero que fuese sorprendido con armas en la mano, en territorio mexicano, fuese ejecutado como pirata. No obstante, cuando Fannin se rindió el general Urrea le envió órdenes al comandante Portilla, de tratar bien a los prisioneros, especialmente a Fannin; pero cuando Fannin y 390 prisioneros eran conducidos a Goliat, fueron muertos o fusilados cuando un número de ellos pretendió escapar. Treinta prisioneros lograron escapar.

 

Una prueba de que las disposiciones militares se cumplían al pie de la letra, se halla en el caso del desembarco de 80 hombres que al mando del mayor W. P. Miler, procedían de Nashville. Fueron detenidos, pero no fusilados porque no portaban armas. (p. 141 y 142)

 

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Trujillo Herrera, Rafael: “Olvídate de El Álamo”, Ensayo Histórico, primera edición, Populibros La Prensa, México, 1965, p. 262

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