Olvídate de El Álamo, de Rafael Trujillo III.

 

La ayuda que prestó España a la Revolución americana, fue un factor decisivo en aquella lucha cuyo triunfo marcó el nacimiento de Estados Unidos. La influencia de Inglaterra en Estados Unidos ha sido y sigue siendo tal, que los mismos beneficiados por la ayuda de España ni la han agradecido ni la reconocen.

(…)

Apenas consumada la emancipación de las colonias angloamericanas, el conde de Aranda (Pedro Pablo Abarca y Bolea) pronosticó: “Esta república federal (Estados Unidos) nació pigmea, por decirlo así, y ha necesitado del apoyo y fuerza de dos Estados tan poderosos como España y Francia para conseguir su independencia. Llegará un día en que crezca y se torne gigante, y un coloso temible en aquellas regiones. Entonces olvidará los beneficios que ha recibido de las dos potencias, y sólo pensará en su engrandecimiento. El primer paso de esta potencia será apoderarse de las Floridas a fin de dominar el Golfo de México. Después de molestarnos así en nuestras relaciones con la Nueva España, aspirará a la conquista de este vasto imperio, que no podremos defender contra una potencia formidable establecida en el mismo continente y vecina suya”

(…)

Tan asombrosa predicción la escribió el conde de Aranda en 1785, es decir, cincuenta años antes de que Jackson, Austin y Houston, iniciaran la conquista de Texas. Efectivamente, “la nueva potencia sólo pensó en su engrandecimiento”.

No menos interesante que la profecía del conde de Aranda es la información contenida en la “Nota reservada del ministro de España en Washington, don Luis de Onis, al Virrey de la Nueva España, don Francisco Javier de Venegas”, fecha el 1º de abril de 1812. “Cada día se van desarrollando más y más las ideas ambiciosas de esta república (Estados Unidos), y confirmándose sus miras hostiles contra España. V. E. se halla enterado por mi correspondencia, de que este gobierno se ha propuesto nada menos que fijar sus límites en la desembocadura del Río Norte o Bravo, siguiendo su curso hasta el grado treinta y uno, y desde allí tirando la línea recta hasta el Mar Pacífico, tomándose por consiguiente las provincias de Texas, Nuevo Santander, Coahuila, Nuevo México, parte de la provincia de Nueva Vizcaya y Sonora”. (p. 98, 99 y 100)

A Venegas le preocupaba a la sazón bien poco la insurrección de los mexicanos cuyos principales jefes habían sido fusilados seis meses antes. Lo que sin duda le inquietaba era la amenaza de una invasión de veintisiete mil filibusteros, “hombres de buena tropa”, que internándose en México proclamarían la independencia o intentarían continuar la lucha iniciada por Hidalgo; impondrían una copia de su propia constitución, “y entonces admitirían a México en la Confederación”, para acabar por formar la potencia “más formidable del mundo”. En otras palabras, tendría que defenderse no de un puñado de insurgentes en derrota, dispersos y mal armados, sino de todo un ejército invasor. Ni el mismo José María Morelos con sus indomables guerrilleros ofrecía un peligro tan serio como el plan de Mr. “Monroy” y las insidiosas intrigas de su agente Poinsett. Lo que lógicamente aplazó el plan angloamericano de “consumar” la independencia de México para en seguida “admitirlo” en la Unión, fue la guerra con la Gran Bretaña, declarada por Estados Unidos precisamente en aquel año de 1812, el 18 de junio. (p. 101 y 102)

El proyecto que tanto inquietó a Onis, se llevó a cabo progresivamente. En 1817 el general Andrew Jackson que comandaba las fuerzas en la frontera, declaró “que a menos que se le ordenara lo contrario, él invadiría Florida que luego podría retenerse como indemnización por los daños sufridos por ‘americanos’ en sus propiedades”. Sin noticias de Monroe, tomó su silencio como “consentimiento”, invadió Florida, tomó varias ciudades, colgó a dos ingleses por incitar a los indios en contra de los “americanos”, obligó al gobierno español a huir, y arrió la bandera de España. Tal fue el prólogo de la conquista de Texas, y la escuela en que se graduó Sam Houston. (p. 102)

 

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Trujillo Herrera, Rafael: “Olvídate de El Álamo”, Ensayo Histórico, primera edición, Populibros La Prensa, México, 1965, p. 262

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