Konrad Lorenz y la agresión II.

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La manzana que le dieron a Adán no estaba madura; el conocimiento nacido del pensamiento conceptual le quitó al hombre la seguridad que sus bien adaptados instintos le proporcionaban, mucho antes de procurarle otra adaptación que le garantizara la misma seguridad.

 El pensamiento conceptual y la palabra modificaron toda la evolución del hombre al lograr algo que es equivalente a la herencia de los caracteres adquiridos.

 La evolución de los instintos sociales y las inhibiciones sociales no han podido avanzar a la par del rápido desarrollo que el acrecentamiento de la cultura transmitida por tradición, y del adelanto material de la sociedad humana.

 Los mecanismos del comportamiento instintivo sin duda no estaban en condiciones de afrontar las nuevas condiciones creadas inevitablemente por la cultura desde sus albores.

 Junto a las primeras huellas del uso del fuego (hombre de Pekín), yacen huesos humanos mutilados y visiblemente tostados.

 El pensamiento conceptual dio al hombre la palabra y, con ella, la posibilidad de transmitir el conocimiento por él adquirido a otros hombres y de hacer adelantar la cultura; pero todo esto produjo en sus condiciones de vida cambios tan rápidos y radicales que le falló la capacidad de acomodación de sus instintos.

 Las mismas facultades que proporcionan al hombre instrumentos y un poder peligroso en sí le daban el medio de impedir su mala aplicación: la responsabilidad razonable.

 Siendo el hombre un animal débilmente armado, no había presión selectiva que funcionara y creara las fuertes y seguras inhibiciones que impiden el empleo de las pesadas armas de algunos animales y aseguran la supervivencia de la especie. Pero la invención de armas artificiales abrió nuevas posibilidades de matar de un golpe y trastornó gravemente el equilibrio existente entre unas inhibiciones relativamente débiles y la capacidad de matar a sus congéneres.

 Ha aumentado la impunidad emocional, ya que el perfeccionamiento en la técnica del acto de matar ha hecho que el agente no sienta directamente en el corazón las consecuencias de lo que hace.

 La hipertrofia del instinto de agresión en el hombre se debe al predominio de una selección intraespecífica poco deseable.
La neurosis es un padecimiento por una agresividad sin descargar.

 La predisposición a los accidentes es consecuencia de la agresión no descargada.

 Las normas de comportamiento, ya sean producto de la evolución filogenética o de la cultura, representan para cada ser humano normal motivaciones que siente como valores.

 La primera función que realizó la moral responsable en la historia de la humanidad consistió, en restablecer el equilibrio perdido entre el armamento y la inhibición innata contra el acto de matar.

 Nuestro guerrero de Cromagnon tenía muchos vecinos hostiles para descargar sus pulsiones agresivas (agresión intraespecífica) y el número suficiente de amigos a quienes amar (vínculo personal).

 No hay salida legítima al comportamiento agresivo en una comunidad moderna. La paz es la primera obligación del ciudadano.

 Entre los diversos comportamientos sociales del hombre debidos a la filogénesis, prácticamente ninguno hay que no tenga necesidad de ser controlado y domeñado por una moral responsable.

 La discrepancia entre lo que el hombre está dispuesto por inclinación natural a hacer por los demás y lo que de él se requiere será cada vez mayor y la responsabilidad tendrá cada vez más dificultad en remediarla.

 Todos padecemos de la necesidad de dominar nuestros instintos, unos más y otros menos, según la mayor o menor abundancia de inclinaciones sociales.

 La moral responsable hace de mecanismo compensador en un sistema del que la inclinación natural -no necesariamente desprovista de valor- es parte indispensable.

 Si se trata de juzgar las acciones de determinada persona -por ejemplo las nuestras- claro está que estimaremos más cada una de ellas cuanto menos haya obedecido a una tendencia natural. Por otra parte, si se trata de calibrar a una persona a la que pensamos conceder nuestra amistad preferiremos sin duda su comportamiento amistoso si no se debe a consideraciones racionales, aunque sean morales, sino tan sólo al caluroso sentimiento de simpatía natural.

 Quien por inclinación natural se comporta socialmente no suele necesitar en circunstancias normales el mecanismo de compensación de su responsabilidad, y cuando llega el momento, tiene grandes reservas de energía moral. Mas quien cotidianamente ha de recurrir a la fuerza moderadora de la responsabilidad moral para responder a las exigencias de la sociedad cultural, es lógico que se derrumbe antes en caso de aumentar las exigencias desacostumbradamente.

 Es necesario un valor afectivo para transformar un conocimiento puramente racional en un imperativo o una prohibición.

  El bagaje del hombre en normas de comportamiento filogenéticamente programada depende tanto de la tradición cultural y la responsabilidad racional como la función de estas dos depende de la motivación instintiva.

 Los seres humanos, durante la pubertad e inmediatamente después, tienen una indudable tendencia a desprenderse de su fidelidad a todos los ritos y normas sociales de su cultura, a permitir que el pensamiento conceptual los ponga en duda y a buscar ideales nuevos y tal vez mejores.

 La necesidad instintiva de ser miembros de un grupo bien unido y que luche por ideales comunes es tan fuerte que tiene importancia secundaria saber cuáles sean esos ideales y cuál su valor intrínseco.

 Esta fijación se denomina entusiasmo militante.

 ¿Qué es la cultura? Un sistema de ritos y normas sociales de formación histórica y transmitida de generación en generación porque emocionalmente vemos en ellos valores. ¿Y qué es el valor? Es evidente que las personas sanas y normales pueden sentir que algo tiene un valor tan grande que merece se viva, y si es necesario se muera, por ello, sin haber otra razón que la ritualización cultural que lo produjo y su transmisión por un antiguo y venerado personaje.

 Ni siquiera la mayor lealtad y obediencia a las normas de comportamiento ritualizada por la cultura puede confundirse con la responsabilidad moral.

 Es necesario controlar con una prudente responsabilidad moral todos nuestros compromisos sentimentales en materia de valores culturales, tanto o más que los demás instintos.

 La humanidad no es belicosa y agresiva por estar dividida en grupitos, políticos o de otra índole, enemigos unos de otros, sino que está dividida de ese modo porque así halla preparada la situación estimulante necesaria para la abreacción de la agresividad social y el entusiasmo militante.

 Una de las formas para evitar la agresión es fomentar el conocimiento personal y, si es posible, la amistad entre individuos miembros de familias o grupos de ideología diferentes.

 Hay razones para ser optimistas en el hecho de que el hombre es capaz, por poco que se observe a sí mismo, de reorientar voluntariamente la agresión que surge, contra cualquier objeto sustitutivo apropiado.

 Todas las normas de “lucha limpia” de origen cultural, desde la caballería andante hasta nos Acuerdos de Ginebra, han tenido una función análoga a la de los combates filogenéticamente ritualizados de los animales.

 Es el deporte una forma de lucha ritualizada especial, producto de la vida cultural humana.

 Las competencias deportivas entre naciones, producen dos efectos contrarios a la guerra: procuran un conocimiento personal y hacen que se unan para una causa común personas que de otro modo pocas cosas podrían unir.

 Debemos hacer todo cuanto podamos para favorecer las amistades individuales internacionales, no hay persona capaz de odiar a un pueblo en el que tenga varios amigos.

 Los juguetes y juegos guerreros preparan el terreno para la aceptación psicológica de la guerra y la violencia.
Entre los valores universales se encuentran los artísticos y musicales, la verdad científica, la labor de la cruz roja.

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Lorenz, Konrad: “Sobre la Agresión el Pretendido Mal”, 6ª edición, Siglo XXI Editores S.A., México, 1977, 342 pp.

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