Sor Juana, la poeta que debió callar, por Héctor de Mauleón.

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1651 – 1695


…”En 1691, los religiosos iniciaron una implacable persecución que todavía hoy sigue escandalizando. La víctima fue la cumbre literaria de la lengua española de su tiempo: Sor Juana Inés de la Cruz, que con el libro: “Inundación Castálida” (1689) había alcanzado la apoteosis del reconocimiento tanto en América como en Europa, donde se le consideraba “Décima Musa” y “Fénix de México”. Los únicos intelectuales de entonces, los clérigos, no pudieron sustraerse a la marejada de envidia que despertó el éxito de Sor Juana y –escribe José Emilio Pacheco_, “la presionaron a no escribir cosas profanas; esto es, a callarse”.

…A resultas de aquella persecución la gran literatura en lengua española quedó sepultada, durante los dos siglos siguientes, en los muros de un convento. El silencio impuesto sobre Sor Juana terminó de manera brutal con el periodo que hoy se conoce como Siglo de Oro de la literatura española.

LA PRIMERA LUZ DE LA RAZÓN.

…Tras la muerte de la monja jerónima el gusto barroco cayó en desuso, y su figura quedó relegada como simple extrañeza legendaria. Los 2 siglos siguientes empolvaron sus obras. No es extraño, pues, que sobre la personalidad más atractiva de nuestra historia colonial existan más dudas que certezas. Se sabe, sin embargo, que Juana Inés de Asbaje y Ramírez nació en la alquería de Nepantla en 1651, y que fue hija natural de una criolla, Isabel Ramírez, y de un capitán de origen vasco, Pedro Manuel de Asbaje. “Desde que me rayó la primera luz de la razón –escribió la monja en un breve documento autobiográfico, “La respuesta a sor Filotea”-, fue tan vehemente y poderosa la inclinación a las letras, que ni ajenas represiones –que he tenido muchas- ni propios reflejos- que he hecho no pocos- han bastado a que deje de seguir este natural impulso”.

…Antes de cumplir 3 años de edad, “por cariño y travesura”, Juana Inés siguió a una de sus hermanas hasta la escuela. “Viendo que le daban lección –cuenta- me encendí yo de tal manera en el deseo de saber leer que, engañando a la maestra, le dije que mi madre ordenaba que me diese lección”. La maestra no le creyó, por supuesto, pero accedió a enseñarle las primeras letras. Lo que comenzó como un juego, terminó por convertirse en admiración: antes de que su madre se enterara de la travesura, la niña había aprendido a leer, y su curiosidad se había convertido en una especie de insaciable pasión intelectual. Se abstenía de comer queso, por ejemplo, porque había oído decir que este alimento entontecía, y podía más en ella “el deseo saber que el de comer”. Por lo demás, la capacidad de hacer versos se le daba de manera tan natural “que aún me violento para que en esta carta no lo sean”.

…Una tarde, mientras 2 niñas jugaban con un trompo, Inés se quedó contemplando la rotación del objeto. No tardó en descubrir, “con esta mi locura”, “el fácil moto de la forma esférica, y cómo duraba el impulso ya impreso e independiente de su causa”.

…A los siete años oyó decir que en la ciudad de México había escuelas donde enseñaban las ciencias, pero como éstas eran únicamente para varones, pidió a su madre que la enviara a la Universidad vestida de hombre. La negativa era previsible: Juana Inés tuvo que consolarse leyendo viejos libros en la biblioteca de su abuelo. Ahí pudo vislumbrar, tal vez, el curso fatal de su destino. Escribió después: “Cuán duro es estudiar en aquellos caracteres sin alma, careciendo de la voz viva y explicación del maestro”.

OROPEL Y OSCURIDAD.

…Al cumplir 8 años, la niña milagrosa de la que habló Rosario Castellanos comenzó a revelar su genio al mundo: durante un concurso en la parroquia de Amecameca, presentó una Loa al Santísimo Sacramento, ganó el certamen, y obtuvo como premio un libro.

…No se sabe a ciencia cierta lo que ocurrió entonces. Su padre murió o desapareció, y su madre se consiguió un nuevo amante. Lo cierto es que hacia 1656 Inés llegó a la ciudad de México para alijarse en casa de su abuelo, y al poco tiempo, a la muerte de éste, en la de unos parientes. México no era una ciudad letrada y sí, en cambio –como afirmaba Sigüenza con odio y descaro-, “una mezcla de indios, negros, criollos y bozales de diferentes naciones, y también de chinos, mulatos, moriscos, mestizos, zambiagos, lobos y también de españoles que, declarándose zaramullos (que es lo mismo que pícaros, chulos y arrebatacapas), son los peores entre tan ruin canalla”. No eran por cierto mejor los peninsulares: de los 6 millones de habitantes que entonces había en Nueva España, tal vez ni siquiera 10,000 eran capaces de leer de corrido un escrito.

…En la ciudad, sin embargo, circulaban con alguna profusión los libros. Juana Inés vio el cielo abierto. Por lo demás, causó rápida conmoción, no tanto por su ingenio “como por la memoria y noticias que tenía” en una edad en la que “apenas había tenido tiempo para aprender a hablar”. El bachiller Martín de Olivas, segundo y último maestro que tuvo en la vida, se ofreció a darles clases de latín. Juana Inés no recibió más de 20 lecciones: para acelerar su aprendizaje, se cortaba 5 o 6 dedos de pelo y se lo volvía a cortar si, en un plazo que ella misma fijaba, no había aprendido la lección correspondiente, pues no le parecía que “estuviese vestida de cabellos cabeza que esta tan desnuda de noticias”. “Sólo intento –escribía- poner bellezas en mi entendimiento, y no mi entendimiento en las bellezas”.

…En su autobiografía, Sor Juana pasó bruscamente de su infancia a su ingreso en el convento de San Jerónimo. De este modo omitió 10 años que el literato Octavio Paz, en un ensayo clásico, considera los más importantes en la vida de la monja. Por el padre Daniel Calleja, biógrafo y contemporáneo suyo, se sabe, sin embargo, que al cumplir 16 años fue llamada a la corte del virrey Mancera, “donde entró con título de muy querida de la señora virreina”.

…La corte de los Mancera, dice Paz, era brillante, y en el palacio se sucedían los saraos. Juana Inés se convirtió rápidamente en centro de aquellas veladas. Al ver en ella tanta variedad de noticias, el virrey quiso desengañarse y saber si su sabiduría era “tan admirable, o infusa, o adquirida, o artificio, o natural”, y reunió a 40 sabios para que la interrogaran “sobre los temas más intrincados”. Relataría, años después, el propio Mancera: “A la manera que un galeón real se defendería de pocas chalupas que lo embistieran, así se desembaraza Juana Inés de las preguntas”.

…Aparentemente todo era brilla para ella. Se le solicitaban poemas que luego eran repetidos de boca en boca, se le hacían honores y alabanzas y, por lo que se ve en las pinturas de Miranda y Cabrera –“Decirte que nací hermosa/ presumo que es excusado,/ pues lo atestiguan tus ojos/ y lo prueban mis trabajos”, escribió Sor Juana alguna vez-, no es difícil suponer que también se le cortejaba. De pronto, sin embargo, por una razón que no conoceremos jamás, Juana de Inés decidió cambiar el oropel de la corte por la oscuridad del claustro. En 1667, poco antes de cumplir 20 años, ingresó al convento de las carmelitas descalzas. “Entreme de religiosa porque, para la total negación que tenía al matrimonio, era lo menos desproporcionado y lo más decente que podía elegir”, confesaría ella misma más tarde.

…Cientos de páginas han intentado explicar esta determinación. Las hipótesis señalan que la unión ilegítima de sus padres le quito la posibilidad de un buen matrimonio; que una decepción amorosa (el Silvio, el Fabio e incluso la divina Lisi de sus poemas) la impulsó a tomar los hábitos, o que decidió apartarse del mundo debido a la presión de su confesor. En todo caso, Sor Juana no quiso se “pared blanca en la que todos quieren echar borrón” y tras permanecer 3 meses con las carmelitas descalzas ingresó como novicia en el convento de San Jerónimo, en el que profesó un año más tarde.

LA ÚLTIMA FRONTERA.

…A los cuarenta años de edad Juana de Asbaje se había convertido en la encarnación del máximo poder cultural de su tiempo. Amiga y confidente de 2 virreinas, proveía al palacio con loas, comedias y poemas que eran leídos en festejos y ceremonias. Las catedrales de México, Puebla y Oaxaca le solicitaban villancicos para las solemnidades litúrgicas, y sus comedias eran representadas incluso en España. Prestaba dinero, protegía a pobres y menesterosos.

…El locutorio del convento –donde solía recibir a teólogos, poetas y eruditos- se había convertido en escenario frecuente de intensas discusiones. Su biblioteca superaba los 4,000 volúmenes y sus poemas circulaban de mano en mano “sin que nadie se escandalizara por tono erótico de muchos de ellos”. No hubo combinación métrica que no practicara: pasaba con facilidad del soneto a la silva, de la endecha a la décima, y de la lira a la redondilla: pocas veces, como en sus versos, la literatura mexicana ha sido tan alegre, ligera, y resplandeciente del gozo y la aventura de vivir en este mundo.

…Dominó varios idiomas e incursionó en el teatro. No le fueron ajenos los secretos de la música, la filosofía, la teología, la astronomía y la pintura. Su caso no fue el de una poeta, sino el de una intelectual. Cansada porque nunca había escrito cosa alguna por su voluntad, “sino por ruegos y preceptos ajenos”, abordó la redacción de un largo poema que Octavio Paz ha considerado único en la poesía hispánica, “Primero Sueño”. Se trata, afirma Paz, de un poema del conocimiento en el que Sor Juana “dice algo que nadie había dicho antes en español”: algo que sólo 2 siglos después, con la aparición de “Una tirada de dados”, del poeta francés Mallarmé, sería dicho en otra lengua: la aventura del espíritu humano que escala penosamente los peldaños del conocimiento, y su caída vertiginosa. Nunca recibió Sor Juana mejor homenaje que el que le hizo, quizá, un religioso de su tiempo: “Esta virgen sabe más, dormida, que muchos doctores despiertos”.

…Entonces llegó aquel malhadado año de 1691 en el que comenzó el fin. Sor Juana había escrito una carta en la que refutaba algunos conceptos teológicos del predicador jesuita Antonio de Vieyra y, sin que ella lo supiera, su juicio apareció publicado bajo el título de “Carta Atenagórica”, y firmado bajo el seudónimo de Sor Filotea de la Cruz. Menos que eso necesitaba la Inquisición para “meter ruido”. El arzobispo Francisco de Aguiar y Seixas, un personaje que, según descripción de José Emilio Pacheco, parecía arrancado de la Psicopatología sexuales, y odiaba a las mujeres “por excitar en su carne una pasión que sólo podía desfogar mediante el uso continuo de silicios”, así como el obispo de Puebla y el confesor de la monja, Antonio Núñez de Miranda, la reprendieron duramente por derrochar su talento en las letras profanas, “sabiendo que no a la santa ignorancia que debe, este estudio”. Sor Juana fue obligada a renunciar a la publicidad y el trato con el mundo.

…La “Respuesta a Sor Filotea fue su último escrito. Se trata de una larga misiva en la que narró su vida y sus estudios, y discutió su derecho, “que es el de todas las mujeres”, a saber y escribir. Poco tiempo después se abandonó a los poderes del silencio, renunció a los estudios y entregó sus libros. Sobre la ciudad cayeron tormentas, sequías, rebeliones, y finalmente el hambre y la peste. En 1695, Sor Juana se dejó morir: sobre la cara de los apestados recogió el soplo de la muerte. Concluye Pacheco: “En el convento de San Jerónimo, última frontera del sacro imperio romano de Occidente, los siglos de oro acabaron con una nota de absoluto desengaño, con la certeza de que todo imperio “es cadáver, es polvo, es sombra, es nada”.

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Fuente: Revista Contenido ¡Extra!, Mujeres que dejaron huella, Editorial Contenido S. A. de C. V. ,segundo tomo, México, 1998.

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